sábado, 6 de febrero de 2016

Cualquier cosa que no hable de nosotros.

Quizás si hace tanto que te fuiste 
ya puedo empezar a pensar 
que nunca estuviste, 
porque la verdad es que temo sentir 
que toda huida se vuelve espera 
si pasado un tiempo, 
aun piensas en sus manos.

Y ya no son suaves, 
¿verdad? 

Otros lunares las han vuelto ásperas. 
Y me duele si me tocas.

Se me levantan las escamas 
como a una serpiente que no quiere 
deshacerse de su piel.

No me queda ni una gota de veneno, 
así que ya solo me arrastro por un suelo 
por el que ya no paseas tus pies descalzos 
en pleno Enero.

El universo no conspira, 
Coelho. 
No conspira, 
y a veces, 
ni respira. 

O no respiro yo 
para que todo se quede quieto.

Que cobarde.

Pero juro que lo desee con tanta fuerza 
como tú decías, 
y no pasó.

Cuando era pequeña mi madre me decía 
que era muy despistada, 
y tengo miedo de que quizás, 
queriendo pensar en ti, 
andaba pensando en otra cosa, 
y confundí al universo.

Y joder, 
joder.

Si el amor de tu vida es un desastre, 
solo te queda la poesía. 
Por exclusión.

Y toda poesía no es más 
que el desastre de otro 
que ha decidido organizarlo 
solo para que lo entiendas tú.

Me pitan los oídos mientras una serpiente 
se cambia de piel en mi habitación.

Estoy perdiendo el contacto conmigo misma, 
en un intento de salir ilesa de todo esto; 
he descubierto que cuanto menos hablo conmigo, 
menos hablo de ti.

¿Alguna vez has preparado una maleta 
con los ojos cerrados? 
Ningún viaje duele más 
que aquel que se hace sin despedidas.

Si no te despides, 
no te reencuentras, 
y entonces 
¿para que volver? 
Nadie quiere regresar a un lugar 
sin brazos abiertos.

Todos los vaqueros de la maleta 
me sientan fatal. 
Y además, 
odio estar en silencio.
Me molesta todo el ruido que hay en él.

Estamos en partes tan distintas del poema.

Estoy asustada y no estás, 
y creo que es lo único que no puedo perdonarte.

Muero cada vez que se que vives en otra vida 
que nunca es la mía, 
ni nunca conmigo. 

Y muero lentamente para que te de tiempo a regresar.

Y no quiero resucitar, 
así que no me beses.

Te rebobino hasta el momento 
en el que la ausencia no dolía. 
Te rebobino y me anudo los dedos 
para no poder pararlo.

Que suenes siempre en la misma habitación, 
mientras me hago el amor a mi misma 
y me sumerjo en cerveza 
para oírme el corazón.

Sigo tropezando contigo 
aunque ya no estás, 
y doblándote la última camisa 
que te dejaste en casa. 

La lavo todas las semanas 
y la tiendo en la azotea, 
a modo de bandera de un lugar sin conquistar.

No quiero levantarme de la cama. 
Ven, túmbate conmigo 
y cuéntame cualquier cosa 
que no hable de nosotros.

 De acuerdo: 
había una vez un chico y una chica 
que no se conocieron, 
que no se quisieron 
y que no se perdieron.




viernes, 8 de enero de 2016

Tengo un escorpión que se parece a ti.

Diles a tus avispas que se vayan, 
que por aquí ya nunca es primavera 
y nadie me regala flores.

Dime algo, 
¿cuántas veces me miraste antes de irte?

Nunca las suficientes.

Si hubieses visto que me salía urticaria 
cada vez que decidías que no teníamos remedio, 
habrías buscado una solución 
con la que el corazón 
no me bombease sangre amarga.

Como la leche que dejas en el frigorífico 
aun sabiendo que está mala.

Ya no quedan seres humanos en esta casa, 
ni siquiera yo.

Así que no compro mermelada, 
ni miel, 
ni chocolate. 

Un poco de agua, 
para esas veces en las que me apetece 
beber con pajita 
y algo de pan, 
para despistar al estómago que se queja 
desde que no te lame los huesos de las caderas.

Me he puesto frente al espejo, 
de espaldas, 
me dolían los hombros, 
y los pies se movían inquietos: 
¿tu también te vas?

Me ha preguntado la niña con trenzas del espejo, 
que es como yo pero en otros años, 
y que me duele por todas las soledades 
de mi yo pasado.

La he mirado fijamente, 
estaba llena de urticaria 
y ya no tenía trenzas.

Ojalá me hubieses dicho 
a donde sueles ir cuando huyes 
de alguien que te quiere.  

Habría pasado por allí, 
y te habría llevado algo de abrigo.

¿Se ve la ventana de mi habitación 
desde aquel sitio en el que estás? 
Porque de ser así, 
puedo desnudarme despacio, 
mientras ceno con las manos 
y se me suelta la goma del pelo.

Después me miraré al espejo 
y te gritaré eso que tanto te gustaba: 
¡me ha salido otra peca!

Es muy difícil encontrar a alguien 
que sepa llamarte puta 
en el momento adecuado, 
y que te trate de amor 
el resto del tiempo.

Y te juro que he tratado 
de enseñarles a otros 
cuando decirme obscenidades al oído, 
pero hay momentos que nunca son exactos 
si la persona no es la adecuada.

Así que he repetido mil veces 
un ejercicio que solo me ha hecho venerarte 
por aquellas cosas que parecían tan fáciles 
cuando las hacías tú.

Joder, 
que compleja es la rutina 
en otro cuerpo que es siempre cuerpo 
pero nunca hogar.

Lo peor de todo, 
es que no tengo más planes 
que llenar la bañera 
y sumergirme dentro 
mientras me aguanto las arcadas.

¿Será que Dios quiere 
hacerme vomitar mis pecados? 

No vas a caberme por la boca.

Hay quien dice que se quiere a alguien 
desde que se le sueña: 
¿las pesadillas cuentan?

Hace días encontré debajo de la cama 
un escorpión,
y le di tu agua 
y tu trozo de pan, 
porque no me gusta cenar sola.

Hoy he salido a tender la ropa, 
mientras la niña de las trenzas
llora desconsoladamente, 
y he dejado la puerta abierta, 
porque el escorpión no deja de mirar por la ventana 
y ya no quiere comer nada.


Cada día se parece más a ti. 



jueves, 7 de enero de 2016

Veinte cigarrillos y otros vicios.

He abierto las piernas 
para otros orgasmos 
mientras las fotos de mi habitación 
me recordaban todo lo que pudimos ser 
y no fuimos.

Y me he dejado desnudar 
con la certeza de aquel 
al que le pesan las incertidumbres mal apiladas 
dentro de un paquete de cigarrillos.

Veinte vicios 
que se me escurren entre los dedos 
tan rápido como lo hiciste tú.

El primero para dejar de pensar 
en todas aquellas que quieren jugar 
con las balas que guardas por si regresan 
las ganas de tenerme ganas.

Se las esconden bajo la falda 
hasta que algo explosiona 
y vuelves a perder el interés.

El segundo por si apareces, 
para que mis manos parezcan distraídas 
y no se note que los dedos 
se mueven aprisa: uno, dos, tres, cuatro… 
Repasando tus lunares.

El tercero por si vuelves 
a querer despedirte con un beso 
y mi boca te confiesa 
que desde que tú no pasas, 
no pasa nada que merezca la pena que pase.

Así que no escribo.

Escribir sin motivos 
es pelearse con los folios en blanco.

El cuarto para disimular este vértigo que siento 
cuando miro hacia abajo 
y toda la ciudad duerme 
mientras yo le doy una y otra vez 
al botón de reproducir 
y suena Sabina: 
‘’ a ti que te lo montas de niña tonta 
en medio de una orgía.’’

Una orgía de recuerdos 
y promesas paridas con el esfuerzo 
que supone fingir que todo puede salir bien.

El quinto para sobrellevar tus defectos y manías 
que me miran sexys 
desde la otra punta de la barra 
de un bar que juega a darnos otra oportunidad.

Pero no la queremos, 
porque nosotros ya 
no nos queremos querer.

El sexto para atraer a otros clavos 
que quieran sacarte a golpe de refrán popular: 
‘’amor con amor se cura’’.

El séptimo para convencerme de que un vicio 
puede sustituir a otro provisionalmente.

El octavo es para sobrellevar tu huida número mil; 
aquella en la que estaba a punto de creerme 
que te quedarías para siempre.

El noveno solo es un intento 
de apartar de la mente 
que hace demasiado tiempo 
que no me dan la mano. 
¿Nadie va a quedarse 
hasta que todo vuele por los aires? 

Porque voy a necesitar ayuda 
para reconstruir ciertas cosas 
y mover algunos muebles.

El décimo es un pulso con mis pulmones 
que siguen respirando tus aguijones.

El undécimo para arrancar esa sensación 
de que vivo anclada a una estación 
en la que pierdo todos los trenes 
por mucho que llegue a la hora.

El doceavo se lo regalo al peor de mis demonios, 
para que muera conmigo 
en un intento de aparentar tranquilidad.

El treceavo me sabe a polvo de reconciliación 
en el baño de un local de mala muerte, 
mientras me tocas el pelo sudado 
y me lames las pecas.

El catorceavo me molesta en la lista pendiente 
de cosas que me recuerdan a ti, 
encabezada por toda mi ropa interior.

El quinceavo me recuerda que lo que más me duele 
es que no te duelo suficiente 
como para volver; 
decía Bukowski: 
‘’cuando pienso en mi muerte, 
pienso en que alguien te hace el amor 
cuando no estoy’’
pero a ti no te duele suficiente 
que sean otras manos 
y siempre mi cuerpo.

El dieciseisavo me lleva al tejado, 
a poner los pies en el borde 
y fantasear con dejarme caer 
mientras grito tu nombre, 
a viva voz, 
que se me destrocen las cuerdas vocales 
justo antes de llegar abajo 
y cuando te llamen para reconocerme, 
no te quede otra que confesarles 
que me tiré por amor.

Los suicidios por amor 
siempre tienen algo de poesía.

Y como decía Bécquer: 
‘’poesía, eres tú’’.

Así que a ver como les explicas 
que has participado en esto.

El diecisieteavo me sabe a cerveza barata, 
y a tu sonrisa que desnuda con las prisas 
de alguien que no va a quedarse
demasiado tiempo. 

El dieciochoavo me recuerda 
lo mal que me llevo conmigo misma 
desde que me hiciste conocerme.

Y te odio por odiarme. 
Y me odio porque no puedo odiarte.

El diecinueveavo me molesta en la garganta, 
y el humo me pica en los ojos; 
me recuerda aquello de que 
‘’el amor es ciego’’ 
y a ti diciéndome que te enamoraste 
a primera vista.

Mentiroso. 
Y cobarde.

Y te creo, 
porque en esta historia 
vinimos a contar mentiras.

El veinteavo me lo fumo 
hasta que se me queman los labios,
mientras nos imagino tostándonos al sol de una playa 
en la que nunca haremos el amor.

El paquete está vacío 
y me pica el velero de la nuca, 
que siempre apunta al sur.

No puedo perdonarte todos los poemas 
que he escrito en tu ausencia, 
ni dejar de culparte por aquellos vicios 
en los que he caído huyendo de ti.

Pero te quiero claro, 
porque cuando no consigo dormir por las noches 
aun pienso en que ojalá tú si.




lunes, 4 de enero de 2016

Bailemos mal pero bailemos.

Recuerdo abrir la ventana 
y verla desnuda. 

Con el sol colándose entre su pelo 
y un campo de fresas sobre su espalda, 
punteando cada trocito de piel 
hasta vestirla de pecas.

Sus pies se clavaban de puntillas 
en el suelo de madera, 
como si viviese en un constante baile.

Bailemos mal 
pero bailemos juntos, 
que a veces es mucho mejor la compañía 
que el acierto.

Nunca miraba a los ojos por si se encontraba 
y entonces tendría que explicarse demasiadas cosas:

Como, 
por ejemplo, 
¿dónde dejaste la mermelada 
que olía a sus mañanas?

Y no se podría mentir, 
así que terminaría por confesarse que la guarda 
en la estantería del fondo de la cocina 
entre miles de tarros imposibles.

Esa tarde la pasaría hundiendo los dedos en ella, 
recordando el amor.

Siempre estaba dentro de aquella casa, 
como flotando en mitad de un lago 
de agua estancada.

Nadie la conocía, 
salvo yo.

Y ella tampoco sabía nada de mi.

A veces le dejaba carteles cogidos a la ventana, 
la invitaba a cenar 
y le escribía mi número de teléfono; 
le contaba que quería verla 
y que sentía no poder ir a buscarla.

Pero nunca la vi salir 
de aquellas cuatro paredes.

Recuerdo sus tobillos inquietos, 
escapando de algo que escapaba de ella, 
y jodido bucle, 
más largo que su pelo.

Que se enreda 
y se enreda 
y se enreda. 
Y cuando te das cuenta, 
hay que cortarlo de raíz.

Pero seguía tan guapa.

Se le veía la nuca, 
al aire, 
mientras bailaba 
como mutilada por el amor.

Te echo tanto de menos 
que he descolgado todos los espejos 
porque hay algo en mi que me recuerda a ti 
y empiezo a escuchar algo de música, 
lejos.

Me asomo a la ventana 
y ya apenas veo tu silueta 
y la casa parece hundirse.

He plantado unas fresas 
que mojo en mermelada 
y vuelve a saberme bien, 
como si hubiese olvidado algo que antaño, 
fue de crucial importancia.

Unas manos como las mías 
pero que no lo son, 
me tocan el pelo, 
con el cuidado que se pone en coger a un bebé 
que se está desprendiendo del seno materno.

‘’Te estás recuperando’’ 
me dice.

He despertado después de días durmiendo, 
y alguien ha colocado todas mis fotos, 
mis cuadros, mis vestidos granate; 
los zapatos de tacón 
y los espejos.

Me he sentado en el tocador 
y me he mirado. 

Han vuelto las pecas.

Desde la ventana ya solo se ve el mar 
mientras alguien que se parece mucho a mi,
 me dice, desde el espejo: 
''bailemos mal pero bailemos’’. 



jueves, 31 de diciembre de 2015

Todas mis muertes.

Sonó a disparo 
que alcanza al pájaro adecuado.

Ni uno en la mano 
ni ciento volando.

Y tú y yo jugando 
a que follaríamos mil veces más.

Me dolía la espalda allí 
por donde ibas pasando tus manos 
y me derretías los lunares 
mientras te hacía promesas 
que dejaban de respirar 
antes de que las hubiésemos parido.

Sonó de nuevo, 
y se me calló la taza del café 
sobre la alfombra de color claro.

Parecía una mancha de sangre antigua, 
como si aquella habitación 
ya hubiese visionado mi cadáver, 
tendido, 
sin tiempo para ningún café más.

Escuché las galletas 
dando contra el fondo de la taza, 
suicidándose todos nuestros posibles desayunos;
salpicando sangre a nuestra ropa.

¿Nos la quitamos?
Nos la quitamos.

Que guapo estabas sin parecer muerto.

No te asustes, 
de las siete aun nos queda una.

¿Una vida o una muerte?

Y yo sabiendo que la malgastaríamos igual, 
pero que bien sienta saber 
que tienes una oportunidad más 
para hacerlo mal.

Estropearlo juntos 
nos hace sentir mucho más cerca del acierto, 
de hacerlo bien 
porque se nos están acabando los gatos 
y ya no hay fiestas en ningún tejado.

Mucho más cerca del acierto, 
sin embargo, 
fue siempre estar lejos de nosotros mismos.  

Sonó otro disparo 
y vibraron las ventanas 
como si cientos de avispas 
chocaran contra ellas.

Te vi caminar hacia ella 
y abrirla, 
y después sentí los aguijones bajando por mi garganta, 
mientras hacía un esfuerzo por tragarlos deprisa.

Me masajeabas el cuello 
hasta que la piel se volvía casi transparente 
y hundías tus dedos a través de ella, 
rebuscando algún órgano vital 
que siguiese respirando.

Escuchaba las avispas revolotear 
cada vez más y más fuerte.

Y se iban al siguiente disparo.

Recuerdo recoger mi ropa del suelo 
y salir de tu apartamento, 
mientras desnudabas a una chica morena 
que no tenía pecas, 
¿qué ibas a besarle todas las mañanas?.

En la calle de atrás, 
estábamos los dos, solos.

Sosteníamos un revolver 
mientras nos gritábamos sin ni siquiera abrir la boca.

Miré hacia la ventana de tu habitación, 
la chica morena me saluda, 
y por un instante siento compasión, 
aunque no se si de ella o de mi misma.

Alguien ha encendido la radio: 
¿bailamos?.

Nos clavamos las almas, 
sin piedad.

Se escucha un último disparo 
y me duele el pecho.

Aflojas el gatillo y me susurras:

‘Tus vidas con quien quieras,
tus muertes solo conmigo.’’




domingo, 13 de diciembre de 2015

Querida Amparo.

Hoy he abierto el tercer cajón
de la mesita de noche,
después de unos ciento veinte discos,
doscientas treinta películas
y un millón de copas,
y toda la ropa interior olía a mandarinas.

He rebuscado,
como aquel que trata de encontrar
los días que merecieron la pena
entre tanto amanecer insulso,
y he encontrado tus cartas.

Aunque tú no aparecías, ni llamabas;
así que he decidido imaginar
que las escribí para cualquier otro
al que le guste mi culo
y me ceda siempre el paso
para jugar con las perspectivas
mientras me cuenta no se que rollo
sobre ser un caballero.

Se ha quedado el cajón atascado
y he tenido que dormir con él abierto,
nerviosa por si sonaba de nuevo
un teléfono que tengo desconectado,
o llamaban al timbre de una puerta
tras la que ya no vivo.

Pero siempre escucho.

Cada dos semanas me llama
mi antiguo casero:
''ha venido el chico de siempre
que nunca pregunta por ti''. 

Hay veces que el pasado
siempre encuentra el camino.

Pero hoy no es el día,
porque ya nunca bebo demasiado.

Hoy he encontrado en el sótano
mi bicicleta vieja
y ha vuelto a dolerme la rodilla.

No necesito que me cures las cicatrices,
solo quiero que me enseñes a quererlas
y tendrás más del ochenta por ciento de mi.

No me pidas que te escriba un poema,
la inspiración programada
solo es un cuento de quienes viven entre reglas.

Nunca renglones.

Dime que un día,
cuando ya no seamos nada,
quieres que escriba con rabia;
que vas a irte para leerme en la distancia
y tener siempre ganas de volver
mientras le juras a tu mujer
que conociste el amor cuando ella apareció.

Pero huele a mandarinas,
mentiroso.

Ojalá en tu supermercado
nunca vendan polos de limón
y el verano sea siempre
un poco más invierno.

He abierto el tercer cajón
de la mesita de noche
y he encontrado una foto de los dos
sobre mi bicicleta.

Sonreíamos,
porque no nos importaba
querernos mal.

Estábamos enfermos,
convalecientes,
moribundos,
infectados de discusiones,
de terceras personas,
de direcciones contradictorias.

Pero eh, mirad aquí, foto.
Y sonreíamos.

Y no se quien dice
que nadie puede fingir su estado de ánimo
a través de un objetivo;
así que debíamos de ser felices
aun sin motivos.

Porque sin motivos
uno no puede saber si está feliz o triste,
y cuando no se sabe nada,
todo se convierte en un abanico
de opciones infinitas.

El cartero ya nunca pasa por aquí,
así que he metido el buzón dentro de casa
para escribirme todos los días:

''Querida Amparo,
deberías de recoger tu habitación
y fregar los platos.
La persiana de la última ventana del salón
lleva meses bajada,
tendrías que dejar que entrara la luz
en toda la casa;
el negro te sienta fatal,
así que el difunto va a entender 
que abandones el luto. 
Querida Amparo.
Querida.
¿Por quién?
Y yo que se.
Querida Amparo,
hoy deberías salir a divertirte.''

Mi hermana ha alquilado un apartamento,
le he dejado mi mesita para su habitación
y le he advertido que el tercer cajón
siempre se queda atascado,
que es mejor si no lo abre demasiado.

Además huele a mandarinas
y me he quedado con todos los polos de limón
del supermercado de otra ciudad.

También hay un montón de cartas;
envíalas, con otro nombre
y otra dirección.

Mi hermana se ha mudado
y me ha costado desprenderme de la mesita.
Pero he dado un paseo en bicicleta
y ya a penas me duele la rodilla.

Estoy llamando a mi antiguo casero:
''dile que hace meses que me fui. 
Y que no se preocupe,
que ahora que no puede hacerme daño,
es cuando más le quiero.

Que no le olvido,
pero que hace meses que me fui.

Dile que esté tranquilo
y se masturbe mucho.

Y antes de que se vaya, 
justo antes, 
dale esta carta'':

''A cuatrocientos poemas 
de aquel final: 
querida Amparo, 
deberías mudarte''.







viernes, 27 de noviembre de 2015

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Dime cuantas veces 
has cruzado un campo de minas 
con el único miedo de llegar viva al otro lado.

Viva al otro lado 
donde nadie te espera.

Mientras se te elevaba el vestido 
hasta la garganta 
y sentías frío allí donde debería estar prohibido.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Dime que sientes si sumas 
y el resultado siempre es cero.

Cuatro sábados en cuatro camas 
con cuarenta besos y doscientas copas, 
siempre es cero.

Que poco nos ponemos de acuerdo 
para lo mucho que nos vemos.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Dime si alguna vez has volado 
tu habitación por los aires 
con la esperanza de que el olor a pólvora 
te recordase al buen sexo.

Y no tenías más miedo 
que el miedo de no tener miedo.

Nadie te tocaba el pelo ceniza 
ni te limpiaba a lametones 
los rastros de aquel incendio.

Te colocabas una a una todas tus piezas 
mientras caías en la cuenta 
de que no encajabas en ningún sitio.

Ni en ti misma.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Dime si has revivido una voz pasada 
en paralelo a un presente en el que nadie habla, 
con dolor en el dedo índice 
de tener pulsado el botón de reproducir.

Reproducir.
Reproducir.

Reproducir-se. 
Hasta clonarnos en dos como nosotros 
que sepan hacer las cosas muy bien 
fuera de la cama 
y estrepitosamente mal, sucio y vulgar, 
dentro de ella.

Y sonríes,
porque no sabríamos hacer las cosas bien 
ni en la versión mil de nosotros mismos.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Fumo donde no me dejabas 
para ver si vienes a regañarme, 
con lo que me gustaba gritarte 
en sitios públicos 
mientras todos pensaban 
en nuestra relación de mierda, 
sin saber que ocasionar enfados 
no es más que la antesala 
del polvo de reconciliación.

Ilusos.

Ahora también lloro donde reíamos 
y río donde llorábamos, 
porque no pienso volver a seguirte la corriente.

Me revelo en contra de todas 
tus supuestas acertadas decisiones, 
pero tranquilo, 
que no voy a pedirte que vuelvas.

Estoy bien sin ti 
en todos los lugares que me hablan de ti.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Dime si alguna vez te has olvidado 
de un próspero futuro 
donde todas tus caras más conocidas 
te prometían felicidad, 
como si fuese un producto 
con el que comercializar, 
e irrumpías en el pasado, 
en todos los locales que te abrían sus puertas 
para conmemorar aquellas épocas 
en las que eras el pedazo de carne más sexy 
de los suburbios de la ciudad.

No quiero mejorar. 
Ni elegir mejor. 
Ni usar la razón. 
Ni escoger con lógica.

No hay nada que me llame la atención 
en un camino consecutivo 
de decisiones bien tomadas.

Llámame kamikace. 
O tonta. 
O estúpida.

Si consigues que te deteste un poco 
podré desnudarte con rabia.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

He llorado tanto tu falta de cojones 
que he aprendido a nadar sobre la misma cama 
que te ahogaste tú.

Te recuerdo náufrago.

Y te he seguido queriendo, 
aunque te hundiste en el fondo de un mar 
al que ya nunca voy en vacaciones.

Sumando noches 
hasta superar las quinientas.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Dime si alguna vez has luchado 
en dos equipos a la vez, 
uno contigo y otro contra mi.

Y yo en ninguno.

Con cientos de mechas encendidas 
a punto de volarme las pecas 
para sembrar girasoles 
en un tierra en donde nunca da el sol.

Y regarlos. 
Y mimarlos. 
Y cuidarlos.
Solo para ver como mueren.

¿Te sentías libre o te sentías sola?

Dime si has imaginado 
como debe ser casarse con otro 
que no es él, 
mientras en la iglesia 
suena la antología de su risa 
como marcha nupcial.

Y de repente, 
todo es un funeral 
del que eres la protagonista principal.

Un desconocido lee unos votos 
en los que juras ser fiel: 
‘’¿a ti o a él?

Pero aun no me has contestado a la pregunta: 
¿te sientes libre o te sientes sola?

Y bueno, 
me siento, 
que para no hacerlo 
en sus rodillas, 
viene a ser suficiente.