jueves, 11 de febrero de 2016

Cosas que suelen pasar.

Hoy he escuchado cuatro canciones 
que me han recordado a alguien.

O quizás me he encontrado con cuatro personas 
que me han dado ganas de escribir una canción.
Aunque yo no sepa cantar.

Pero puedo hacerlo para otra boca.

Que es lo que siempre pasa con el amor. 
Besas a alguien que terminará besando a otro, 
y al final, has besado más de lo que has querido.

Vicios disfrazados de ‘’cosas que suelen pasar’’.

Conformismo emocional.

Solo que ninguna de ellas te recibe 
con pastel de chocolate, 
y yo tampoco, 
pero yo soy yo.
 ¿Y tú, quién eres tú?

Tal vez ese era nuestro problema, 
que intentamos ser quienes no éramos 
solo para poder ser nosotros.

Tú que eras tú pero a la vez muchos más.
Me enamoré de todas tus personalidades. 
Y siempre eras bienvenido.

-Dime algo.
-¿Cómo qué?
-Cualquier cosa que digas será suficiente.

Y silencio. 
En mitad de Madrid. 
Silencio.

Hoy me he tropezado con una chica 
que tenía el pelo extremadamente largo 
y me ha dado por pensar que igual,
 tienes a una así en tu cama.

Y huele a lavanda 
y el compromiso te sabe a libertad.

También me he encontrado 
con un chico que llevaba sombrero 
y no se parecía a ti, 
y me gustó.

Llevaba la camisa abrochada hasta arriba, 
como vivir en una eterna entrevista de trabajo.

Me sonrío ocho paradas de autobús 
y me dijo con los ojos 
cuantas veces me haría hoy el amor.
Olía a lavanda.

Quizás se conocían,
puede que hasta se hayan besado;
y si ahora besas a esa chica 
y si yo besase a este chico, 
nos estaríamos besando de nuevo ¿no?

Contigo nunca se que hacer. 
Y si te pienso no se que hacer.
 Pero quiero hacerlo todo 
y es un problema.

Nos hemos querido mucho 
a través de aquellos 
a los que no hemos querido nada.

La chica tenía un pelo bonito 
pero no tenía ni idea de música. 
De esa que suena debajo de cualquier pecho 
que ha encontrado su lugar en el mundo.

A nosotros, 
que nunca nos faltaron intentos 
ni ganas.

Se subió en el mismo autobús
una mujer embarazada.

Y me recordó a una vida en común conmigo misma, 
que siempre es mejor que compartirla 
con alguien que nunca quiere quedarse.

Y no se queda pero no se va.
No se va y yo me quedo.
Y cuando intento irme entonces llega él.
Y no nos vamos 
pero tampoco nos quedamos del todo.

Solo que un día nos abandonó el amor 
y la poesía.

Bueno, 
puede que la poesía no. 
Pero el amor si ¿no? 

En eso habíamos quedado. 
Nos había abandonado él a nosotros 
y no al revés.

Menos mal que después de que él se fuera, 
siguieron los celos 
y pudimos desnudarnos con rabia 
algunas noches más.

He leído por ahí estos días aquello de 
‘’quien se ausenta demasiado 
corre el riesgo de ser olvidado’’.

Le llevas la contraria a todos los refranes populares. 
Eres un atípico toca narices.

He visto por la calle a una pareja 
que tarareaban una canción de Dylan, 
y siento que te han robado un poco.

Que ahora mismo te tienen más que yo. 
Y he sentido pena.

Con todo lo que hemos sido 
y ahora vas en los gestos de cualquiera.

Me recuerdas a alguien que no existe.

Creo que la última persona 
con la que me crucé fue contigo.

Hoy he visto a cuatro personas, 
a una chica de pelo largo, 
a un tipo con sombrero,
a una mujer embarazada 
y a dos enamorados.

Todos me han dado ganas de una canción: 
‘’we can be heroes just for one day’’.

Nos hemos cruzado en la azotea, 
y mi falda te ha hecho de capa.


Eres bienvenido,
en todas las personas 
en las que te escondes. 

En todas menos en ti mismo.

Setecientas quince semanas.

Hoy hace ya unos cuantos meses 
desde nuestra muerte.

Supongo que nacimos con el primer beso 
y morimos con el último.

¿Y todos los que no te di? 
Solo sirven para hacer algo de poesía 
que poder leerle a alguien 
a quien no le importa si quiera, 
porque la escribí.

Mientras tú entras a hurtadillas en mi habitación 
y a la mañana, 
cuando abro los ojos, 
todo está hecho un desastre 
y me falta algo de mi ropa interior.

¿Estás vistiendo a tus ligues como yo? 
Prefiero que no me recuerdes, 
y me des así permiso para dejar de hacerlo yo.

El verde ya no te sienta bien; 
tus ojos están oscuros 
y perdidos en cualquiera de los lugares 
en los que hicimos el amor.

¿Qué duele más? 
¿Lo que se hizo y no puede repetirse? 
¿O aquello de lo que nunca tuvimos la oportunidad?

Y yo siempre digo que ‘’tú’’. 
Que eres tú el que duele, 
en cualquier manifestación.

Me corro de dolor, 
y el orgasmo me sabe gris; 
escupo bolas de pelo 
y mi gato interior me ronronea 
compadeciéndose de mi.

Me doy tres golpes en el pecho y se calma.

Ojalá tú no estés triste 
y tu risa contagie a la mía, 
aunque sea en otra boca 
de otros vaqueros 
de cualquier otro chico de esta ciudad 
que sigue tan enamorada de ti.

Yo no. 
Porque desde mi ventana te veo 
sobrellevando la vida sin mí, 
y creo que estás mucho más guapo 
que cuando andabas preocupado 
por todo lo que no íbamos a poder ser jamás.

Más guapo pero menos feliz. 
Y menuda contradicción de mierda, 
que lo se.

Me estoy desabrochando la camisa 
para enseñarle a aquel chico que me sonríe todas las mañanas, 
que tengo estrellas apagadas en el pecho.

Le he pedido que se quede a dormir 
y he llorado como una niña huérfana 
que no entiende que significa la palabra hogar.

Me ha desenredado el pelo 
y ha tirado el cepillo por la ventana 
para olvidarnos de esta noche, 
y le he querido un poco 
porque me ha permitido quererte sin reproches.

Hay que querer a aquellos 
que nos permiten querer 
a quienes no se lo merecen, 
porque nos dejan ser esa parte de nosotros 
que es siempre error.

Al día siguiente llamó preguntando 
si tenía un momento.

Me pegué el teléfono al pecho 
y miré por la ventana. 

Te vi de nuevo.

Creo que fue la última vez 
que nuestros ojos se cruzaron.

¿Podemos ser errores felices?

Volví a ponerme el teléfono en el oído.

‘’No me gustas ni la mitad que él. 
Pero me gustas mucho más de lo que me gusto yo. 
Y no me late el corazón tan deprisa 
como en aquella primera cita. 
Pero me late más que en todas estas 
setecientas quince semanas’’.

Y creo que le bastó.





sábado, 6 de febrero de 2016

Cualquier cosa que no hable de nosotros.

Quizás si hace tanto que te fuiste 
ya puedo empezar a pensar 
que nunca estuviste, 
porque la verdad es que temo sentir 
que toda huida se vuelve espera 
si pasado un tiempo, 
aun piensas en sus manos.

Y ya no son suaves, 
¿verdad? 

Otros lunares las han vuelto ásperas. 
Y me duele si me tocas.

Se me levantan las escamas 
como a una serpiente que no quiere 
deshacerse de su piel.

No me queda ni una gota de veneno, 
así que ya solo me arrastro por un suelo 
por el que ya no paseas tus pies descalzos 
en pleno Enero.

El universo no conspira, 
Coelho. 
No conspira, 
y a veces, 
ni respira. 

O no respiro yo 
para que todo se quede quieto.

Que cobarde.

Pero juro que lo desee con tanta fuerza 
como tú decías, 
y no pasó.

Cuando era pequeña mi madre me decía 
que era muy despistada, 
y tengo miedo de que quizás, 
queriendo pensar en ti, 
andaba pensando en otra cosa, 
y confundí al universo.

Y joder, 
joder.

Si el amor de tu vida es un desastre, 
solo te queda la poesía. 
Por exclusión.

Y toda poesía no es más 
que el desastre de otro 
que ha decidido organizarlo 
solo para que lo entiendas tú.

Me pitan los oídos mientras una serpiente 
se cambia de piel en mi habitación.

Estoy perdiendo el contacto conmigo misma, 
en un intento de salir ilesa de todo esto; 
he descubierto que cuanto menos hablo conmigo, 
menos hablo de ti.

¿Alguna vez has preparado una maleta 
con los ojos cerrados? 
Ningún viaje duele más 
que aquel que se hace sin despedidas.

Si no te despides, 
no te reencuentras, 
y entonces 
¿para que volver? 
Nadie quiere regresar a un lugar 
sin brazos abiertos.

Todos los vaqueros de la maleta 
me sientan fatal. 
Y además, 
odio estar en silencio.
Me molesta todo el ruido que hay en él.

Estamos en partes tan distintas del poema.

Estoy asustada y no estás, 
y creo que es lo único que no puedo perdonarte.

Muero cada vez que se que vives en otra vida 
que nunca es la mía, 
ni nunca conmigo. 

Y muero lentamente para que te de tiempo a regresar.

Y no quiero resucitar, 
así que no me beses.

Te rebobino hasta el momento 
en el que la ausencia no dolía. 
Te rebobino y me anudo los dedos 
para no poder pararlo.

Que suenes siempre en la misma habitación, 
mientras me hago el amor a mi misma 
y me sumerjo en cerveza 
para oírme el corazón.

Sigo tropezando contigo 
aunque ya no estás, 
y doblándote la última camisa 
que te dejaste en casa. 

La lavo todas las semanas 
y la tiendo en la azotea, 
a modo de bandera de un lugar sin conquistar.

No quiero levantarme de la cama. 
Ven, túmbate conmigo 
y cuéntame cualquier cosa 
que no hable de nosotros.

 De acuerdo: 
había una vez un chico y una chica 
que no se conocieron, 
que no se quisieron 
y que no se perdieron.




viernes, 8 de enero de 2016

Tengo un escorpión que se parece a ti.

Diles a tus avispas que se vayan, 
que por aquí ya nunca es primavera 
y nadie me regala flores.

Dime algo, 
¿cuántas veces me miraste antes de irte?

Nunca las suficientes.

Si hubieses visto que me salía urticaria 
cada vez que decidías que no teníamos remedio, 
habrías buscado una solución 
con la que el corazón 
no me bombease sangre amarga.

Como la leche que dejas en el frigorífico 
aun sabiendo que está mala.

Ya no quedan seres humanos en esta casa, 
ni siquiera yo.

Así que no compro mermelada, 
ni miel, 
ni chocolate. 

Un poco de agua, 
para esas veces en las que me apetece 
beber con pajita 
y algo de pan, 
para despistar al estómago que se queja 
desde que no te lame los huesos de las caderas.

Me he puesto frente al espejo, 
de espaldas, 
me dolían los hombros, 
y los pies se movían inquietos: 
¿tu también te vas?

Me ha preguntado la niña con trenzas del espejo, 
que es como yo pero en otros años, 
y que me duele por todas las soledades 
de mi yo pasado.

La he mirado fijamente, 
estaba llena de urticaria 
y ya no tenía trenzas.

Ojalá me hubieses dicho 
a donde sueles ir cuando huyes 
de alguien que te quiere.  

Habría pasado por allí, 
y te habría llevado algo de abrigo.

¿Se ve la ventana de mi habitación 
desde aquel sitio en el que estás? 
Porque de ser así, 
puedo desnudarme despacio, 
mientras ceno con las manos 
y se me suelta la goma del pelo.

Después me miraré al espejo 
y te gritaré eso que tanto te gustaba: 
¡me ha salido otra peca!

Es muy difícil encontrar a alguien 
que sepa llamarte puta 
en el momento adecuado, 
y que te trate de amor 
el resto del tiempo.

Y te juro que he tratado 
de enseñarles a otros 
cuando decirme obscenidades al oído, 
pero hay momentos que nunca son exactos 
si la persona no es la adecuada.

Así que he repetido mil veces 
un ejercicio que solo me ha hecho venerarte 
por aquellas cosas que parecían tan fáciles 
cuando las hacías tú.

Joder, 
que compleja es la rutina 
en otro cuerpo que es siempre cuerpo 
pero nunca hogar.

Lo peor de todo, 
es que no tengo más planes 
que llenar la bañera 
y sumergirme dentro 
mientras me aguanto las arcadas.

¿Será que Dios quiere 
hacerme vomitar mis pecados? 

No vas a caberme por la boca.

Hay quien dice que se quiere a alguien 
desde que se le sueña: 
¿las pesadillas cuentan?

Hace días encontré debajo de la cama 
un escorpión,
y le di tu agua 
y tu trozo de pan, 
porque no me gusta cenar sola.

Hoy he salido a tender la ropa, 
mientras la niña de las trenzas
llora desconsoladamente, 
y he dejado la puerta abierta, 
porque el escorpión no deja de mirar por la ventana 
y ya no quiere comer nada.


Cada día se parece más a ti. 



jueves, 7 de enero de 2016

Veinte cigarrillos y otros vicios.

He abierto las piernas 
para otros orgasmos 
mientras las fotos de mi habitación 
me recordaban todo lo que pudimos ser 
y no fuimos.

Y me he dejado desnudar 
con la certeza de aquel 
al que le pesan las incertidumbres mal apiladas 
dentro de un paquete de cigarrillos.

Veinte vicios 
que se me escurren entre los dedos 
tan rápido como lo hiciste tú.

El primero para dejar de pensar 
en todas aquellas que quieren jugar 
con las balas que guardas por si regresan 
las ganas de tenerme ganas.

Se las esconden bajo la falda 
hasta que algo explosiona 
y vuelves a perder el interés.

El segundo por si apareces, 
para que mis manos parezcan distraídas 
y no se note que los dedos 
se mueven aprisa: uno, dos, tres, cuatro… 
Repasando tus lunares.

El tercero por si vuelves 
a querer despedirte con un beso 
y mi boca te confiesa 
que desde que tú no pasas, 
no pasa nada que merezca la pena que pase.

Así que no escribo.

Escribir sin motivos 
es pelearse con los folios en blanco.

El cuarto para disimular este vértigo que siento 
cuando miro hacia abajo 
y toda la ciudad duerme 
mientras yo le doy una y otra vez 
al botón de reproducir 
y suena Sabina: 
‘’ a ti que te lo montas de niña tonta 
en medio de una orgía.’’

Una orgía de recuerdos 
y promesas paridas con el esfuerzo 
que supone fingir que todo puede salir bien.

El quinto para sobrellevar tus defectos y manías 
que me miran sexys 
desde la otra punta de la barra 
de un bar que juega a darnos otra oportunidad.

Pero no la queremos, 
porque nosotros ya 
no nos queremos querer.

El sexto para atraer a otros clavos 
que quieran sacarte a golpe de refrán popular: 
‘’amor con amor se cura’’.

El séptimo para convencerme de que un vicio 
puede sustituir a otro provisionalmente.

El octavo es para sobrellevar tu huida número mil; 
aquella en la que estaba a punto de creerme 
que te quedarías para siempre.

El noveno solo es un intento 
de apartar de la mente 
que hace demasiado tiempo 
que no me dan la mano. 
¿Nadie va a quedarse 
hasta que todo vuele por los aires? 

Porque voy a necesitar ayuda 
para reconstruir ciertas cosas 
y mover algunos muebles.

El décimo es un pulso con mis pulmones 
que siguen respirando tus aguijones.

El undécimo para arrancar esa sensación 
de que vivo anclada a una estación 
en la que pierdo todos los trenes 
por mucho que llegue a la hora.

El doceavo se lo regalo al peor de mis demonios, 
para que muera conmigo 
en un intento de aparentar tranquilidad.

El treceavo me sabe a polvo de reconciliación 
en el baño de un local de mala muerte, 
mientras me tocas el pelo sudado 
y me lames las pecas.

El catorceavo me molesta en la lista pendiente 
de cosas que me recuerdan a ti, 
encabezada por toda mi ropa interior.

El quinceavo me recuerda que lo que más me duele 
es que no te duelo suficiente 
como para volver; 
decía Bukowski: 
‘’cuando pienso en mi muerte, 
pienso en que alguien te hace el amor 
cuando no estoy’’
pero a ti no te duele suficiente 
que sean otras manos 
y siempre mi cuerpo.

El dieciseisavo me lleva al tejado, 
a poner los pies en el borde 
y fantasear con dejarme caer 
mientras grito tu nombre, 
a viva voz, 
que se me destrocen las cuerdas vocales 
justo antes de llegar abajo 
y cuando te llamen para reconocerme, 
no te quede otra que confesarles 
que me tiré por amor.

Los suicidios por amor 
siempre tienen algo de poesía.

Y como decía Bécquer: 
‘’poesía, eres tú’’.

Así que a ver como les explicas 
que has participado en esto.

El diecisieteavo me sabe a cerveza barata, 
y a tu sonrisa que desnuda con las prisas 
de alguien que no va a quedarse
demasiado tiempo. 

El dieciochoavo me recuerda 
lo mal que me llevo conmigo misma 
desde que me hiciste conocerme.

Y te odio por odiarme. 
Y me odio porque no puedo odiarte.

El diecinueveavo me molesta en la garganta, 
y el humo me pica en los ojos; 
me recuerda aquello de que 
‘’el amor es ciego’’ 
y a ti diciéndome que te enamoraste 
a primera vista.

Mentiroso. 
Y cobarde.

Y te creo, 
porque en esta historia 
vinimos a contar mentiras.

El veinteavo me lo fumo 
hasta que se me queman los labios,
mientras nos imagino tostándonos al sol de una playa 
en la que nunca haremos el amor.

El paquete está vacío 
y me pica el velero de la nuca, 
que siempre apunta al sur.

No puedo perdonarte todos los poemas 
que he escrito en tu ausencia, 
ni dejar de culparte por aquellos vicios 
en los que he caído huyendo de ti.

Pero te quiero claro, 
porque cuando no consigo dormir por las noches 
aun pienso en que ojalá tú si.




lunes, 4 de enero de 2016

Bailemos mal pero bailemos.

Recuerdo abrir la ventana 
y verla desnuda. 

Con el sol colándose entre su pelo 
y un campo de fresas sobre su espalda, 
punteando cada trocito de piel 
hasta vestirla de pecas.

Sus pies se clavaban de puntillas 
en el suelo de madera, 
como si viviese en un constante baile.

Bailemos mal 
pero bailemos juntos, 
que a veces es mucho mejor la compañía 
que el acierto.

Nunca miraba a los ojos por si se encontraba 
y entonces tendría que explicarse demasiadas cosas:

Como, 
por ejemplo, 
¿dónde dejaste la mermelada 
que olía a sus mañanas?

Y no se podría mentir, 
así que terminaría por confesarse que la guarda 
en la estantería del fondo de la cocina 
entre miles de tarros imposibles.

Esa tarde la pasaría hundiendo los dedos en ella, 
recordando el amor.

Siempre estaba dentro de aquella casa, 
como flotando en mitad de un lago 
de agua estancada.

Nadie la conocía, 
salvo yo.

Y ella tampoco sabía nada de mi.

A veces le dejaba carteles cogidos a la ventana, 
la invitaba a cenar 
y le escribía mi número de teléfono; 
le contaba que quería verla 
y que sentía no poder ir a buscarla.

Pero nunca la vi salir 
de aquellas cuatro paredes.

Recuerdo sus tobillos inquietos, 
escapando de algo que escapaba de ella, 
y jodido bucle, 
más largo que su pelo.

Que se enreda 
y se enreda 
y se enreda. 
Y cuando te das cuenta, 
hay que cortarlo de raíz.

Pero seguía tan guapa.

Se le veía la nuca, 
al aire, 
mientras bailaba 
como mutilada por el amor.

Te echo tanto de menos 
que he descolgado todos los espejos 
porque hay algo en mi que me recuerda a ti 
y empiezo a escuchar algo de música, 
lejos.

Me asomo a la ventana 
y ya apenas veo tu silueta 
y la casa parece hundirse.

He plantado unas fresas 
que mojo en mermelada 
y vuelve a saberme bien, 
como si hubiese olvidado algo que antaño, 
fue de crucial importancia.

Unas manos como las mías 
pero que no lo son, 
me tocan el pelo, 
con el cuidado que se pone en coger a un bebé 
que se está desprendiendo del seno materno.

‘’Te estás recuperando’’ 
me dice.

He despertado después de días durmiendo, 
y alguien ha colocado todas mis fotos, 
mis cuadros, mis vestidos granate; 
los zapatos de tacón 
y los espejos.

Me he sentado en el tocador 
y me he mirado. 

Han vuelto las pecas.

Desde la ventana ya solo se ve el mar 
mientras alguien que se parece mucho a mi,
 me dice, desde el espejo: 
''bailemos mal pero bailemos’’.