miércoles, 24 de junio de 2015

Huir siempre es huir.

Un día volverás, 
como vuelven todos a los que les pesa la nostalgia 
más que las esperanzas.

Pero volver cuando ya nadie te espera, 
es la forma más cruel de encontrarte contigo mismo, 
y ver hasta que punto soportas tu presencia.

Si te caes bien, 
si te invitarías a una copa.

La poesía también es eso, 
tener el valor de volver al epicentro de tus recuerdos 
y afrontar que lo tuviste todo 
mientras tú te empeñabas en coger otro camino.

Como desistir de un orgasmo 
cuando estás a punto de alcanzarlo.

Y se supone que no debería entenderte, 
que tendría que estar enfadada, 
pero lo cierto es que otras veces 
he sido yo quien ha dejado sin orgasmo a otras manos
cuando lo tenía todo.
O más bien, 
cuando se lo había prometido todo.

Que imagino que la vida es eso, 
negar y ser negado.

Y luego escribir, escribir mucho 
y leer aun más. 
Encontrar respuestas y salidas en otras palabras. 
Dejar que pase el tiempo 
y permitir que de vez en cuando, 
una boca que no conoces 
te diga lo bonita que estás 
cuando no te cabe ni una sola decepción más en los bolsillos; 
cuando estás a punto de descoser las costuras 
y lanzarte al vacío.

Y el vacío siempre es otra cama, 
ni la suya 
ni la tuya. 
Otra.

Otra que no sabe que está allí por descarte. 
Que de todas las opciones de aquella noche, 
le escogiste a él porque es quien menos se le parece.

Y puede sonar triste, 
y hasta quizás lo sea, 
pero es que todo eso de ser feliz a cualquier precio, 
es el tópico más manoseado 
de todas las redes sociales, 
y es una mentira tan enorme 
que por debajo del vestido 
le asoma la piel de lobo feroz.

La felicidad es un engaña bobos, 
si llegas al final del día sin ganas de vomitar recuerdos, 
ya es más que suficiente, 
al menos con los tiempos que corren.

Y de ser feliz ya hablaremos 
cuando la falda de lunares deje de recordarme a ti. 
Cuando estar en otra cama 
no sea sinónimo de no pensarte. 
Cuando se vuelvan a poner de acuerdo la razón y el corazón, 
y este deje de recordar tus últimas promesas. 
Cuando todo el amor me quepa en otros planes 
y pueda volver a leer poesía 
sin acabar tropezando siempre con tus huidas 
envueltas en una nebulosa celeste 
que se aleja de mi con tal templanza, 
que pasan días hasta que consigo entender 
el significado de aquello.

Huir siempre es huir, 
te vayas dándome voces 
o jurándome que lo haces 
porque merezco algo mucho mejor.

Huir siempre es huir, 
en cualquier diccionario, 
en cualquier vida, 
en cualquiera de las cientos de veces que lo has hecho.

Pero tenemos la extraña virtud de acostumbrarnos a todo, 
aunque familiaricemos con monstruos tempestuosos 
que nos auguran nostalgia y canciones suicidas.

Los primeros monstruos te roban el sueño, 
pero todos los sucesivos terminan durmiendo a tu lado 
a ‘’pata tendida’’.

No es que no duelas, 
es que chirrías, 
como cuando el vecino de arriba se pone a mover sillas 
a las cuatro de la madrugada. 
Justo así. 
Chirrías porque ya nada encaja 
y las tuercas están oxidadas, 
supongo que he intentado arreglarlas con saliva demasiadas veces.

No se donde estás, ni que haces, 
ni siquiera se a que dedicas las cientos veces 
que giran las agujas del reloj 
en ese círculo perfecto que es el tiempo 
cuando se tiene encerrado a modo de trofeo, 
pero aun sin saber si me piensas, 
yo necesito dejar de hacerlo.

Voy a meter en una maleta lo imprescindible, 
es más, 
igual ni siquiera me llevo maleta. 
He dejado la llave en el alféizar de la ventana 
y he tendido la lavadora. 
Todas las cartas están en el cajón de la mesita,  
salvo una, que está fuera, 
en ella encontrarás los pasos que debes seguir para no volver, 
porque ya no quiero que lo hagas 
y me apetece ayudarte a que lo consigas.

Además, he dejado el armario ordenado, 
para que parezca que no ha pasado nada 
y puedas sentirte cómodo. 
La cama huele a ti, 
y en el cabecero sigue escrito aquello de: 
‘’todos mis sueños caben en tus lunares’’. 
Me pareció bonito 
y nunca he tenido valor para borrarlo. 
Hazlo tú si quieres, 
haz cuanto necesites para sentirte bien.

Yo por mi parte, no voy a volver. 

La diferencia es que yo no huyo, 
me despido, 
porque hoy ha sido el primer día 
en el que girarme para mirar a tu recuerdo, 
no me ha generado mareos, 
así que creo que estoy preparada.

Ahora tú, por tu parte, 
puedes quedarte en casa que lo he dejado todo a tu gusto, 
y vayas a donde vayas, 
incluso aunque no vuelvas, 
incluso aunque lo hagas, 
vas a encontrarte a ti mismo, 
y a ver como cojones le explicas 
que me he ido cuando estaba a punto 
de quedarme para siempre.





martes, 2 de junio de 2015

Bonita.

Era la chica bonita de mi cama, 
y la niña de los cientos de ojos 
que jugaban a desnudarla.

En otros sueños.
En otros cuerpos.

Todo el que conseguía una de sus miradas, 
se sentía el rey del mundo, 
pero ella nunca creyó en la monarquía.

Quizás por eso nunca dijo que quisiera ser princesa.

Tarareaba viejas canciones en francés 
cuando subía en el ascensor, 
y no había ni uno solo de sus vecinos 
que se resistiera a acompañarla hasta su puerta.

Los fines de semana salía 
subida en unos tacones de infarto 
mientras sonaba Platero y tú en sus caderas.

Era mucho de drogas, 
de extremos, 
de versos.

Pero no había forma de que probara el amor.

Solía decir que odiaba las cursilerías 
mientras te recitaba a Bécquer 
y su voz de tipa dura se iba desvaneciendo 
hasta quedarse dormida 
agotada de luchar contra sus infiernos.

Porque ella el cielo no lo conocía, 
pero todos la conocíamos a ella 
y a ese cielo que tenía por culo 
o por sonrisa.

Tenía la cómoda llena de invitaciones, 
de flores, de descaros, 
pero ninguna le despertaba las ganas 
de su vestido azul, 
ni de la lencería roja.

Me gustaría ser capaz de describírtela 
con más detalle, 
y te juro que serías capaz de enamorarte de ella 
en lengua de otros.

Tiene más tatuajes que piel 
y tantas historias, que, 
o le regalas media vida, 
o te mueres por (sin) conocer 
(ni) una sola parte de ella.

Y milagros, 
también tiene milagros, 
más que la Biblia: 
uno por cada vez que bosteza 
y siete por cada uno de los momentos 
en los que se contonea 
y te deja que la hagas el centro 
de tus sueños.

O de tus erecciones.
O de ambas cosas.

La puedes querer dos o tres veces al día 
por cada vez que se olvida de llamarte 
y recibes un mensaje:
‘’Nunca dije que fuera perfecta’’.

Y es en lo único que suele equivocarse.

Tiene el pelo ceniza, 
y cuando se ondea suave, 
te recuerda a los restos que quedan de ti 
después de que su huracán te alcance 
y no te de tiempo, siquiera, 
de agarrarte a sus caderas.

Aun no te has acabado la cerveza 
y ya estás pensando 
en como debe quedarle a tu descendencia 
su color de ojos, 
o cuantas veces necesita que la llames puta
para sentirse la protagonista 
de una de las canciones de extremoduro.

O para correrse.

Siempre que me empeñaba 
en encontrarle algún defecto, 
se giraba con un cigarrillo entre los dientes, 
y eso que no fumaba, 
pero le quedaban tan bien los vicios 
cerca de su boca, 
que a ver quien tenía cojones de contradecirla.

Era una obra de arte 
con una nariz llena de pecas, 
por la que cualquiera habría creído 
en el compromiso.

Y te lo digo yo, 
que después de su saliva, 
no hay una sola herida 
que cicatrice con tequila.

lunes, 1 de junio de 2015

Amparo Iglesias.

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No se muy bien cual sería la perfecta definición de arte, pero creo que siempre tiene que llevar algún verso, música y un recuerdo.

domingo, 31 de mayo de 2015

A todas partes contigo, a todas las partes de ti.

He contado a tientas 
cuantos pasos separan tu casa de mi falda, 
y las cuentas nunca dan el mismo resultado.

Quizás por eso me declaré poesía 
y dejé a un lado todos los números 
que no eran capaz de encerrar las cientos de veces 
que mil motivos no eran suficientes.

Para quedarte o para marcharte.

He desayunado con tus dudas un café tan amargo, 
que supongo que en comparación, 
todas las despedidas me parecen dulces.

Y si encuentro miel en el sonido de unos pies 
que no volverán hasta el siguiente recuerdo suicida, 
entonces estoy tan perdida 
que no me encontrarás por muchos versos 
que lleve cogidos a las muñecas.

Vivo al compás de otras políticas 
encerradas en parlamentos de piernas largas 
donde se compran votos con tu nombre.

Se te rifan la bragueta.

La de aquel vaquero que lleva en la etiqueta:
‘’a todas partes contigo, a todas las partes de ti’’.

Y te quiero aun en otras manos. 
Y te quiero por mucho que te juegues la boca 
a que esta noche algún escote 
no te recuerda a Noviembre, 
y acabes malgastando los labios por otras rodillas 
sin importarte que has perdido la apuesta 
y que de vuelta a casa, 
vas a tener que vértelas con el calendario.

Que el invierno no perdona 
por muy bien que te queden los trajes de baño.

Y ahora voy a descubrirte el secreto de todo esto: 
no hay poesía perfecta, 
y si pretendes que lo sea para poder follarte el corazón, 
siento decirte que en tu caja torácica 
va a hacer más frío que en toda Siberia.

Y no voy a dejar que vengas a dormir bajo mi puente: 
aforo lleno
Todos los suicidas han venido a hacer el amor con la vida.

Me abro en canal para que escuches mejor como late, 
a ver si el ritmo te recuerda a alguna de aquellas canciones 
que te hacen sentir a salvo, 
y relacionas mis costillas con tu hogar.

Y te quedas a vivir.

Que se que esto es un mundo de cuerdos, 
y que me he equivocado de época, 
pero no existen las casualidades perfectas, 
y nunca nadie atina con el regalo del primer aniversario.

Pero no me preocupa que ya nadie grite sus ideales 
si no hay dinero de por medio, 
ni siquiera me preocupa que todos hayan olvidado 
que está permitido ser cursi un par de veces al mes; 
que el aspecto físico es importante 
pero que si no hay dentro alguna historia 
que despierte las ganas de besar tu pasado, 
el color de tus ojos siempre será opaco; 
no me preocupa siquiera 
que la Iglesia siga respirando 
cuando hace siglos que Nietzsche acabó con ella, 
porque lo cierto, 
es que mis órganos vitales se siguen activando 
en todas tus guerras 
y se han vuelto expertos en quitarse las balas del costado 
y guardarlas en la caja de debajo de la cama donde pone:
‘’Todas las veces que te sobreviví’’.

Y que siempre quede otra, 
porque en algunas ocasiones 
hay que morir repetidamente para sentirse vivo.

Y sí, se lo incongruente que resulta, 
pero cielo, 
bienvenido a la poesía. 

lunes, 25 de mayo de 2015

Siempre nos quedará París.

Todos los lunes vuelvo a perderte.
Los lunes nunca hay bares abiertos 
donde invitarnos a una cerveza 
porque no somos capaces de invitarnos a una vida.

Los lunes nadie despierta con ganas, 
y todas las camas se vuelven superficies unilaterales.

Los lunes todo el mundo vuelve a la rutina, 
y aquellos amores que luchan diariamente 
contra sus kilómetros, 
se vuelven a casa sin la mano 
que se posa encima de la suya 
cuando cambia de marcha mientras conduce.

Los lunes no nos enfadamos, 
así que no solemos hacer el amor.

Los lunes son ordenados, 
como un montón de sábanas planchadas 
y perfectamente dobladas 
dentro de un armario que no entiende de locuras.

No hay manifestaciones 
ni nadie que proclame a los cuatro vientos 
que se ha enamorado de la chica más guapa de su ciudad.

No podría hacerse el día del orgullo gay, 
porque a un lunes no le queda bien ningún color.

Los martes nadie escribe poesía. 
No hay libros mal apilados 
encima de una mesita de noche 
que no entiende de horarios para irse a dormir.

No hay luces encendidas pasadas las doce 
que te hagan tener esperanza en que igual alguien, 
en este momento cualquiera 
de un martes insignificante 
está burlándose de lo establecido 
y ha decidido que es la noche perfecta 
para hacer de femme fatale 
en el garito más sucio de la capital.

Un martes nadie grita: ¡soy el rey del mundo! 
Porque no hay mundos que anden con ganas de ajetreo.

Ni siquiera es día de encontrarse 
con tu causa perdida favorita al girar la calle, 
porque las piernas más bonitas 
están encerradas estudiando ese examen infernal 
del que solo pueden avisarte un martes trece.

En el que se te ha roto la barra color carmín, 
y no encuentras donde dejaste aquel disco 
que él solía tararear mientras 
te quitaba la ropa con tanto descaro 
que podías correrte solo con imaginar 
que verso le sentaba bien a sus modales.

Y sin duda alguna, 
sería uno de Bukowski, 
aunque no creo que escribiese los martes.

El miércoles es más divertido, 
tiene tantas letras que mientras lo escribo, 
me da tiempo a pensarte un par de veces.

Y cada vez que te pienso 
me dan ganas de hacerte el amor tres veces; 
tres por tres dan un nueve, 
justo las letras que tiene un miércoles 
para perderse entre los cientos de botones 
que voy a descoserle a tus camisas.

A ver si pierdes esa fea costumbre de vestirte.

Los miércoles dan clases de salsa 
en el local de debajo de tu casa.

Seguramente tus ojos vayan detrás del culo 
de alguna mulata 
que no se ha percatado de que sus curvas de infarto 
me están estropeando el miércoles.

Porque el miércoles 
ya tienes que empezar a ser mío.

Los miércoles suelo ver películas 
de amores imposibles, 
pero nunca las termino, 
porque para imposibles bonitos ya estás tú, 
y tus cien maneras de dejarlo todo a medias.

Los jueves siempre suena música ochentera, 
y alguna prenda con lentejuelas me mira desde el armario.

Los jueves es día de perfume 
y de ondas en un pelo rubio.

De ordenar el cajón de la ropa interior 
y de hacer planes con tus incertidumbres 
que queden en nada 
y así poder fingir que nuestras ganas 
se han encontrado por sorpresa 
en un bar de piernas largas 
y versos demasiado cortos.
Simples. 
Escuetos.

Los jueves nadie cena en casa, 
y el cine está lleno de parejas 
que definen el amor con el hecho 
de comprar un solo paquete de palomitas 
y un vaso de refresco con dos pajitas.

Y puede que sí, 
que ese sea el secreto, 
dejar de relacionar los latidos con situaciones complejas 
y comprender que no hay mejor amor 
que aquel en el que dos manos 
se encuentran en una butaca de cine 
y se entrelazan como si la película o la vida, 
tuviese más sentido cuando se rozan sus lunares.

Los jueves nunca son de vaqueros.

Y los viernes llevan tus manías. 
Tu camisa azul preferida 
y tu reloj parado desde el día 
en que te pregunté cuando pensabas volver.

Siempre has sido un cobarde muy guapo.

Los viernes la cerveza sabe diferente, 
y puedo invitarte a un cigarro 
aunque ninguno de los dos fumemos.

En aquel local todo está permitido, 
se llama París 
porque todas saben hacer un francés.

Los viernes acabas en casa.

Y me cantas suavito al oído 
que bebes rubia la cerveza 
para acordarte de mi pelo.

Los viernes duermo sobre tu pecho, 
y aprendo a restarle valor a lo que no haces, 
para ser capaz de hacerle el amor, 
sin miedo, 
a todo lo que si que haces.

Todos los viernes te conozco un poco más, 
y me confiesas pequeñas manías, 
como que eres incapaz de dormir con calcetines 
o que no puedes beber café sin comer galletas; 
como que siempre has sabido que eras complicado 
pero que desde que me conoces, 
ni siquiera te entiendes tú.

Los viernes vuelves a enamorarte, 
y nuestras ganas de que funcione 
se vuelven a reencontrar debajo de las sábanas.

Los sábados despiertas siempre conmigo 
y te escucho bostezar.

Me llamas ‘’nena’’ 
y preparas un desayuno para dos.

Me hablas en la cama 
de tus ganas de viajar al sur, 
de perderte entre las olas 
y hundir los pies en la arena, 
y de como el norte sin embargo, 
siempre termina ganando, 
y te ves atrapado en los mismos lugares de siempre.

Una ciudad que te absorbe 
porque no quiere perder 
la obra de arte que supones cuando te contoneas 
con ese aire de ignorar que tu existencia 
llena los locales de faldas dispuestas a elevarse 
por mucho menos de lo que me gustaría.

Sábados de celos, 
de mentiras piadosas, 
de orgasmos.

Los sábados nunca pareces tranquilo.

No hay secretos ni confesiones, 
ni manías, ni formas, ni modales.

No hay música que te adormezca los fantasmas, 
y mis besos pierden fuerza, 
como la cerveza que lleva abierta desde esta mañana.

Los domingos recoges tu camisa azul, 
y tartamudeas. 

Me miras preocupado, 
y me preguntas si estaré bien.

Los domingos nunca vemos películas 
ni comemos comida basura.
Ni siquiera hacemos limpieza general.

Los domingos siempre me llevas 
hasta el marco de la puerta cogida de la mano, 
me besas en la frente y sonríes, inquieto.

Te miro con ojos de domingo 
y me susurras al oído 
que siempre nos quedará París.

domingo, 24 de mayo de 2015

Mis doce perfectas formas de perderte.

Me han contado las señores de mi calle 
que te has paseado por allí.

Se ha llenado todo de vestidos 
y de zapatos de tacón; 
como si la vida hubiese despertado 
y no quedase en todo el mes de Abril 
ni una sola cadera que no se ofreciese 
a que descarrilases tus maneras por sus curvas.

Y todas han deseado a su descendencia con tus ojos.

Dicen que no has mirado hacia mi ventana, 
y que caminabas como si otra boca 
te hubiese lamido la memoria.

He dejado de ser la reina de tus recuerdos.

Y ahora que otras rodillas ansían tus besos, 
y que acaricias otro pelo. 
Ahora que tienes otro cuerpo 
al que prestarle tus camisas, 
y otros oídos a los que regalar promesas; 
ahora que nos has liberado 
de aquella cárcel que olía a paraíso 
y que el sexo no tiene nada que ver 
con el desastre de mi habitación 
ni con el cajón de la ropa interior, 
creo que puedo escribirte sentada 
en tu lado de la cama.

Con paciencia, con calma, 
con la serenidad de quien ya 
no tiene que darle explicaciones a una bragueta, 
ni convencer a unas cuerdas vocales 
de que los mejores versos son recitados 
por otra boca.

Leídos por otros ojos 
y guardados en otras manos.

Que los mejores libros 
son los que regalas con dedicatoria, 
y te despides ''con Cariño’’.

Que empieza por C de CONTIGO, 
con C de CUANDO ESTÁS, 
con C de CUANDO VOLVERÁS.

Te la envío a una dirección que no existe.

Mis doce perfectas formas de perderte:

Primera: nunca te guardé ningún secreto, 
y el misterio, como la magia, 
se fue descubriendo, 
hasta dejarme tan desnuda 
que mi talón de Aquiles y mi lista de defectos, 
se veían desde tu casa.

Segunda: dejé que mis orgasmos 
solo se activasen con tu cuerpo, 
y me deshice demasiado pronto 
de todos los candidatos a futuros bilaterales.

Tercera: puse todas las cremalleras 
tan a la vista, 
que se bajaban solo con mirarme.

Cuarta: mi pasatiempo preferido 
siempre era tropezar contigo, 
como si mis zapatos estuvieran predestinados 
a tu declive.

Quinta: nunca me importó subir a tu cima 
a esperar otra caída 
mientras escuchaba todo aquello 
de tu miedo al compromiso.

Sexta: dejé que colocaras en mi cama 
un calendario de visitas 
al que solo acudían tus encantos.

Séptima: me perdí contigo 
creyendo que te quedarías 
en aquel lugar sin nombre, 
y al final acabé sola entre 
cientos de definiciones del amor 
que nunca hablaban de quedarte conmigo.

Octava: no me importaban los cientos de escotes 
y las miles de piernas 
que protagonizaban tus sábados noche 
si el domingo necesitabas mi poesía.

Novena: te puse en lencería 
a todas mis debilidades 
y te las entregué a sabiendas de que 
todo lo que das a tu enemigo 
cuando bajas la guardia, 
se vuelve contra ti en el campo de batalla.

Décima: nunca pregunté a cuantas más 
con las mismas ganas, 
con las mismas palabras 
y la misma mirada.

Undécima: jamás te dije que te fueras o te quedaras, 
y jugué a desnudarme contigo 
en el sinfín de matices que hay 
entre esos dos extremos.

Doceava: nunca supe que hacer contigo 
cuando empezaste a importarme.
                       
                                                                                  Con todo mi cariño.

                                                                           Y cariño con C de: te espero en CASA.

viernes, 22 de mayo de 2015

Suenas en mi radio.

Sonaba en la radio 
‘’Tangled up in blue’’, 
Dylan siempre suena bien.

Decía que aquella canción 
le había llevado diez años vivirla 
y dos escribirla, 
y pienso en ti.

En las quinientas noches que te he vivido, 
en las quinientas una que te he visto morir.

Justo en la última, que no regresaste.

Y he recordado aquello de 
‘’quien bien te quiere te hará llorar’’
y he deseado que me hubieses querido 
un poco peor durante toda nuestra historia.

Que te hubieses olvidado de los aniversarios, 
que no recordases mi talla de pantalón, 
que todos los días tuvieses que volver a contarme los lunares 
porque tus ojos son incapaces de reencontrarlos en su retina.

Que no supieses el nombre de mi primera mascota, 
y nunca me hubieses preguntado 
que quería ser de mayor cuando no era tan mayor.

Que me hubieses querido peor 
por todas las veces que me has querido tan bien.

Te habría perdonado todas las faltas de elegancia 
y hasta la ausencia de buenos modales, 
si me hubieses querido mal, 
tan mal que no me hubiesen hecho llorar las canciones de Serrat.

También me ha venido a la cabeza, 
mientras desayunaba pensando en tus piernas, 
lo de ‘’nunca es tarde para bien hacer; haz hoy lo que no hiciste ayer’’.
Y he recordado el montón de fotos que no nos hicimos.

No se donde guardo aquella en la que sales desnudo, 
de espaldas, 
como si todo el universo te cupiese entre los hombros, 
entre dos huesos que se miran eternamente 
sin poder besarse.

No se hasta que punto es tarde para hacérnoslas, 
o si quizás es demasiado pronto 
para pedirte que vuelvas; 
que el objetivo de mi cámara 
se muere por hacerte el amor.

También he caído en la cuenta 
de todos los sitios por los que no hemos paseado, 
y me he maldecido por no haber sacado 
a tus pies más a menudo, 
pero lo cierto es que los he recordado desnudos, 
debajo de mis sábanas, 
y he vuelto a entender porque no solíamos pasear.

Tus dedos perfectos, 
con esa caída desde el pulgar al meñique, 
que me recordaba a la perfecta inclinación 
de la Torre de Pisa.
Y toda la Toscana deja de parecerme bonita 
en comparación a tu cuerpo.

He pensado después en ‘’amor con amor se paga’’
y joder, 
si me dejas que te devuelva todo este tiempo, 
tendrás que negociar con el gato de tu tejado 
un par de vidas más.

Mientras tanto, 
yo estaré pidiéndole a Phileas Fogg 
que me enseñe como dar las ochenta vueltas a mi cama 
y acabar tropezando siempre con tus manos.
Como tropezar los trescientos sesenta y cinco días 
que tiene un año 
con la misma piedra, 
y follarnos desde el suelo, 
que cuando alguien nos hable de caídas, 
nosotros las relacionemos con gemidos.

Con poesía.

He recordado también que 
‘’quien adelante no mira, atrás se queda’’
y creo que es la forma más cobarde de confesar 
que vives en una eterna espera 
atrapada en un reloj que entiende de botones 
y ha decidido pararse hasta que te sientas mejor.

Como quien espera un puesto de trabajo 
en tiempos de crisis, 
como un suicida en busca de un motivo.

Quizás como esperaba aquella chica 
en el muelle de San Blás, 
mientras Maná le cantaba con su voz ronca, casi rota.

Porque el paso de los días vuelve ronco cualquier latido.

Y cuando estaba a punto de quedarme dormida: 
‘’el que la sigue la consigue’’.

Y entonces dime hasta donde tengo que seguirte, 
que voy a preparar la maleta.
Dime que vestido quieres que lleve, 
y que ropa interior necesitas que me ponga 
para despertarte las intenciones.

Que si para conseguir que te vengas 
a vivir a mi habitación 
necesitas que te siga 
a cada uno de tus viajes sin puerto, 
te juro que me muero por hacerte de faro.
De canción.
De destino.

Que te sigo hasta que se te duerman los miedos, 
y me dejes quererte mal 
por todas las veces que me quisiste bien, 
y hacer hoy lo que no hicimos ayer.

Prometo buscar tu foto desnudo, 
y guardarla en la retina 
con mucho más empeño del que pones tú en mis lunares.

Hasta que me dejes vivir contigo 
mirando hacia atrás 
porque todo lo de delante no tiene tus caderas.

Hasta que seas tú quien me sigas de puntillas 
devolviéndome en cada paso 
todos los domingos astrománticos 
que han sonado en mi radio 
antes de conciliar el sueño.

Y soñar contigo.