viernes, 15 de mayo de 2015

Son tiempos fáciles para los soñadores.

Dime si quieres un revolcón 
y puedo recomendarte ese bar donde los escotes 
se pasean con tan poca gracia, 
que si tuviese que escribir 
sobre alguna de sus virtudes, 
solo podría destacar la caída.

Ni uno solo de sus lunares.
Ni una mancha con forma de corazón.
Ni un tatuaje escondido 
con un significado que no dirán en la primera noche.
Ni secretos que salgan con paciencia, 
ni paciencia para descubrir tus secretos.

Pero si quieres enamorarte, 
entonces déjame que te diga 
que te dediques a leer, a viajar, a descubrirte.

Equivócate 
y cómprate un billete de avión sin vuelta.

Madruga para pasarte la mañana 
con esas películas en francés 
que despiertan el lado romanticón.

Y enamórate de todo lo que haces.

Cómprate ese pintalabios ‘’rojo descarado’’ 
y piérdete en tu boca, 
que a veces no se necesita ninguna otra.
Al menos, no cualquiera.

Déjate el reloj en casa, 
que justo el día que te olvides 
de que llegas a los treinta y pico 
y en tu mesita de noche sigue sobrando un cajón, 
alguien aparecerá para hablarte de poesía.

Descubrirás que se pinta las uñas 
solo para no comérselas, 
y que en las de los pies 
siempre lleva color aunque sea invierno.

Que nunca encuentra la pareja 
del calcetín que se iba a poner hoy, 
y termina por elegir dos 
que no se diferencien demasiado.

Vas a saber que cuando no quiere pensar 
no se va de copas, 
se tapa hasta arriba 
y se dedica a leer otras vidas 
en un intento de salvar la suya, 
que se tambalea sobre unos tacones 
que le vienen grandes.

Conocerás un tatuaje que se hizo a los quince años, 
en ese lugar escondido 
que conmemora a aquella heroína 
que venía a tu rescate con un silbido.

Y alguna madrugada, 
cuando baje la guardia, 
te preguntará si acudirías con su silbido.

Va a contarte que un día le dolió el corazón, 
y que usa gafas cuando está sola.

La verás discutir con ella misma 
cuando no consigue llegar hasta donde tenía previsto, 
y reírse a carcajadas de uno de esos chistes 
que solo ella entiende.
Y que acabarás comprendiendo.

Déjala ser ella misma, en todas sus versiones.

Y cuando llegue el día 
en el que te recite de memoria 
aquel poema de Bécquer que decía 
‘’sobre la falda tenía el libro abierto…’’
sentirás que has redescubierto la poesía.

En otra boca.
En otras manos.
En otros ojos.
En otros lunares.
En otros defectos.


Y por primera vez 
desde que viste la película de Amelie, 
podrás contradecir su famosa frase 
y afirmar 
QUE SON TIEMPOS FÁCILES PARA LOS SOÑADORES. 

martes, 12 de mayo de 2015

Historias de clase.

Daniela tenía el pelo rubio, casi rojizo, como si escondiera un atardecer en la melena.
Los ojos grandes y verdes, y las piernas tan largas que podías confundirlas con una de las enormes calles de Nueva York.
Solía vestir de lunares, y su piel, incluso en los días más fríos del año, tenía ese color canela que cualquiera del norte habría envidiado.
Vivía sola con su padre, e imagino que era él quien le encargaba todas las faldas por debajo de la rodilla.
Aunque muchos de clase se conformaban con sus tobillos, y su sonrisa.

Aitor siempre suspendía las matemáticas, quizás porque su cuenta favorita era sumar los centímetros que hacía falta que se le subiera la falda a Daniela para sentir que el día había sido productivo.
Tenía la boca grande y la cara llena de pecas, sus ojos azules se movían con perspicacia por todos los culos hasta clavarse en el de ella.
Eran tan grandes que en ellos habrían cabido cientos de números de teléfono, de sujetadores, de citas y besos, pero a Daniela nunca le parecieron tan inmensos.

Detrás de Aitor estaba Lucía, que llevaba unas gafas enormes y el pelo tan rizado que resultaba divertido. Tenía la tez muy pálida, tanto que solían llamarla ‘’la chica transparente’’.
Sobre el labio se le dibujaba un lunar sexy, aunque creo que nunca nadie se lo dijo.
Era baja y callada, se reía poco y trataba de no hablar demasiado. Se pasaba las clases leyendo libros que la profesora no había recomendado, y anotando en una libreta como se le ondeaba el pelo a Aitor cuando se iba en moto del instituto.
Aunque él no supiese si quiera que tras de él había otro pupitre.
Lucía no caminaba contoneándose, ni se delineaba los ojos, ni conocía el carmín, pero lo cierto es que sabía más de mitología y de astrología que cualquier profesor de nuestro instituto.

Al lado de Lucía estaba Marta, que fumaba a escondidas y llevaba pendientes imposibles.
Marta tenía el pelo corto, casi como un chico, y miraba de reojo el lunar de Lucía , aunque hubiesen pasado por su cama todos los tipos duros de secundaria.
Llevaba camisetas anchas y vaqueros rotos, y andaba con tanta desgana que no despertaba ninguna sonrisa.

Delante de ella estaba Hugo, que solía vestir en camisa y engominarse como en una de esas series de época.
Sus camisas eran en tonos pastel y sus pantalones en cientos de marrones. Copiaba aprisa lo que decía la profesora y nunca hablaba sin levantar la mano antes, turno de palabra o algo así, lo llamaba él.
Tenía los ojos tan pequeños que cuando reía se quedaba sin ellos, y normalmente llevaba un toque rojo en las mejillas y una boca de fresa.
Miraba casi de forma inconsciente a Lucía, que estaba guapa cuando le daba el sol de la ventana y sonreía leyendo uno de sus libros.

Después estaba Ángel, un chico gordito con granos que no necesitaba más que un vaso de chocolate caliente y algo de repostería para tener un motivo por el que levantarse del pupitre en los cambios de clase.
Normalmente llevaba las comisuras manchadas de chocolate y su diminuta nariz se escondía entre dos enormes mofletes.

Ángel solo prestaba atención cuando era Martina quien daba la clase, que llegaba con sus faldas de tubo y sus camisas estrechas.
El pelo recogido en un moño desenfadado y algo de color en los labios, con algún mechón suelto que se recogía con dulzura detrás de las orejas.
Daba clase de literatura, y lo cierto es que La Celestina sonaba mucho mejor cuando los versos se escapaban de su boca.
Solía preguntarnos que tal el fin de semana mientras nos sonreía como si no supiese como eran los fines de semana de un adolescente.
Y cuando le contábamos, la historia más interesante siempre era la de Ángel.

Por mucho que pasaron los cursos, ninguno cambió.
Daniela y su culo, Aitor y sus pecas, Lucía y sus libros, Marta y sus maneras, Hugo y su pelo engominado, Ángel y el chocolate y Martina con su dulzura.

El caso es que hace nada, me encontré con Aitor en una cafetería del centro, nos tomamos unas cervezas y me estuvo contando que se había casado un par de años atrás con Mónica, una chica algo mayor que él, que habían tenido dos hijos, Antonia y Martín, y que todo había ido bien hasta que una noche de copas con sus compañeros de trabajo se había reencontrado con Daniela, que estaba más guapa que nunca.
Hablaron, bebieron, y se besaron, un beso que fue casi imperceptible, uno de esos besos tan suaves que te adormecen las defensas.
Después de tantos intentos, de tantas cartas, de tantas invitaciones, en definitiva, después de tantos años tenía a Daniela mirándole.
Me dijo que se había dado cuenta de que lo conocía todo de ella menos su forma de mirar, quizás porque nunca había detenido sus ojos en él.
Y se sintió triste. Esa noche volvió a casa con el número de Daniela grabado en el teléfono, y ese olor dulzón que la caracterizaba pegado a la camisa.
Al día siguiente, al despertar, vio como le miraba Mónica, y pensó que no había visto jamás unos ojos que le mirasen con más amor.
Y la mítica Daniela desapareció de su lista de imposibles.

Me habló de Marta, la eterna rockera, me dijo que solía tocar con su grupo en un local ochentero cerca de casa.
Que había estado liada con Matías un amigo suyo, y que después de varios años, ahora vivía con una mujer, una tal Lucía, profesora de literatura universal en el colegio de sus hijos, que había estado casada con Hugo, aquel chico repeinado del instituto: ‘’¿lo recuerdas?’’
Y me preguntó si la conocía.
Pelo rizado, piel blanca y un lunar sexy encima del labio.

Hugo se había ido al extranjero, estaba preparando una tesis sobre no se que fenómeno natural.

Entonces fui yo quien le pregunté por Ángel, me dijo que había perdido treinta kilos y que trabajaba de monitor en el gimnasio del centro, lo más sorprendente es que estaba casado con Martina, la profesora de literatura, que según él, seguía con esas faldas que te hacen perder el sentido.
Se llevaban casi 20 años, él tenía 29 y ella 44, pero ¡que 44 años!

En ese momento le sonó el teléfono, era Mónica, Martín había vuelto a suspender matemáticas por estar distraído en clase con no se que chica rubia.
Se fue rápido, despidiéndose con un abrazo.

Y pensé en lo caprichosa que era la vida, que entrelaza destinos para darte la posibilidad de desmitificar a quien nunca te miró, o para ponerte en el camino a quien siempre supo apreciar tu magia.

domingo, 10 de mayo de 2015

MM.

Quiero pensar 
que si aquel grupo ochentero 
te hubiese conocido, 
si la vibración de las cuerdas de sus guitarras 
se hubiesen topado con ese aire de tus caderas 
que despertaban las ganas de matrimonio, 
habrían cantado para ti aquello de: 
‘’y esos ojos que al mirar casi hacen daño’’.

Todos los pintalabios rojos 
iban a parar al espejo de tu baño, 
y no encontró la miopía mejor vistas 
que las de tu retina. 

No había en todo Hollywood 
ningún espectáculo tan erótico 
como el vuelo de tu vestido blanco. 
Se ondeaba con la gracia de una bandera 
que ha encontrado el sitio adecuado por el que luchar; 
dos piernas por las que pasar a un segundo plano. 

Dime cuantos kilómetros 
te cabían en la sonrisa 
y de que forma conectaba aquel lunar 
con la comisura de tu boca, 
jugando a cambiar de sitio 
cuando algún piropo te robaba la risa. 

Que tú le regalaste a los cincuenta 
otra definición del sexo: 
‘’la forma perfecta 
en la que encajaban 
los huesos de tus hombros’’.

Creías que tu mejor perfil era el derecho, 
sin saber que cualquier pintor del Renacimiento 
habría sacado los pinceles 
solo para dibujar tu silueta.
Que cualquier artista 
habría derrochado todo su arte por fotografiarte 
uno de aquellos rizos rebeldes 
que se te descolgaban con esa gracia 
que solo tiene la inocencia. 

No había pisos céntricos 
ni ramos de flores 
que te hicieran feliz, 
y toda la fama que revoloteaba por tus caderas 
desconocía que por la noche 
solo hacías el amor con tus fantasmas.

No te mataba la ausencia 
pero te devoraban las cientos de manos 
que jugaban a quererte. 

Tus medidas descorrían más telones 
y llenaban más teatros 
que cualquier otra actuación de prestigio.

Cuantas mujeres no desearon 
que se te cayera el rubio 
y tus ojos se volvieran oscuros, 
y cuantos hombres pagaron 
por unas entradas de cine 
cuando eran tus rodillas desnudas 
las que ocupaban la gran pantalla. 

No importaba que lugar tuvieses 
dentro de la función, 
porque en el papel de la vida, 
eras el centro de todas las miradas. 

Pero tus días siempre fueron 
un cúmulo de oportunidades 
que te resultaban tan insípidas 
que dejaste de verle sentido a ser quien eras, 
y como si toda la fama no oliese a nada, 
como si todo el reconocimiento 
hubiese perdido su valor, 
te dejaste ir. 

Tú, 
qué habías sido la personificación de la primavera, 
te marchitaste.


Y aun no se muy bien 
si perdiste la vida 
o si fue ella quien te perdió.

Te llevaste los años cincuenta 
en un frasco de Chanel nº5.

viernes, 8 de mayo de 2015

Invitarnos al olvido.

Imagina que tengo la suficiente fuerza 
para gritarle a mis sueños 
que dejen de enamorarse de tus erecciones 
y te desechen como mejor opción todas las noches.

Imagina que soy capaz 
de volver a caminar por tu calle 
sin girar ni un centímetro mis intenciones 
hacia tu ventana.

Imagina que dejo que tu falda favorita 
sea elevada por otros pulgares, 
y que soy capaz de tentar a otros dedos 
para que recorran entre mis piernas 
todos los lunares que juraron serte fieles.

Imagina que me pesan tus decisiones unilaterales 
y decido deshacerme de esa sensación 
de echar vinagre en todas las heridas aun latentes.

Imagina que me coso la boca con versos 
para que no se me escape tu nombre 
cuando algún poeta del siglo de oro 
parezca conocer tu existencia.

Imagina que me arranco todos los gemidos 
que me dejaste viviendo en la nuca 
y los ahogo junto a las penas 
en la primera copa con conversación interesante.

Imagina que le robo a los relojes las agujas 
para olvidar cuanto hace que te fuiste 
y dejar de pensar cuantas noches quedan 
para que vuelvas a reconsiderarme.

Imagina que dejo de querer un anillo 
y que de repente olvido todos los supuestos nombres 
que íbamos a ponerle 
a aquellas mezclas perfectas 
de nuestros genes.

Imagina que soy capaz de romper las fotos 
que me recuerdan que una vez no tuve miedo 
a que te fueras; 
que las rompo y las esparzo en cualquier callejón oscuro 
donde acaben devoradas por el tiempo, 
que al fin y al cabo es el único 
que siempre termina ganando.

Imagina que dejo que nuestro pasado 
se hunda en el primer baño del año, 
y que París ya no es la perfecta luna de miel.

Imagina que me arrancan la ropa de madrugada 
y que no te pido disculpas en silencio 
por dejar que otro me borre a lametones 
tu falta de cojones.

Imagina que olvido cuanto trozo de almohada 
necesitabas para no despertar; 
que ya no recuerdo como tus manos 
se posaban en mi culo 
porque solías decir que hasta en sueños 
era de tu propiedad.

Imagina que ya no te llamo con número oculto 
porque ignoro como empezaba tu teléfono 
y en las páginas amarillas no está la hoja de tu dirección.

Imagina que ya no deseo vestirme de blanco 
para caminar como una princesa hasta a ti 
y que a la noche la liga no me dure ni un segundo; 
que pase a ser la esposa más puta 
con la que jamás han soñado tus manos 
para darle cavidad a todos tus deseos de casado.

Imagina que dejo de compararles 
con tus infinitos encantos 
y que no me importa que no se parezcan a ti.

Imagina que bailo para otras caderas, 
y que mis caderas bailan para otra música, 
que ahora otras manos se posan en mi culo 
y que mi culo no recuerda nada de tus manos.

Imagina que ningún poeta te pone ya entre sus líneas 
y que no hay voces roncas que te traigan de vuelta.

Imagina que he dejado los ansiolíticos 
y que las horas antes de coger el sueño 
han dejado de ser un infierno.


Y por último, imagina que todo lo que digo es cierto, 
que no quiero que vuelvas, 
que no me importa que no estés; 
imagina que no miento, 
y cuando te des cuenta de que la verdad 
no ha sido hospedada en este cuento, 
estés tan lejos que podamos invitarnos al olvido 
como viejos conocidos. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Almas gemelas.

Hay lugares tan hermosos 
que no necesitas que nadie te enseñe sus secretos, 
con poner los pies en ellos te sientes de él, 
y su bandera se te clava en el corazón 
como si de repente dejases de ser un apátrida 
y tus miembros sintiesen el dolor y la victoria 
de todas las guerras ganadas.

Sin embargo, 
hay otros lugares que necesitan tiempo, 
quizás no sea amor a primera vista, 
pero suele ser eterno.  
Necesitas horas para comprender sus lágrimas, 
para entender porque en sus tumbas 
no crecen flores, 
porque le duele la mandíbula 
de apretar los dientes 
cuando suena una de esas canciones 
que te despierta los demonios. 
Y el mismo tiempo necesitas 
para poder sonreír junto a ellos 
cuando el viento te susurra anécdotas 
que tus comisuras parecían haber olvidado, 
cuando alguien que solo ha amado con la certeza 
te mira como si fueses un loco 
atrapado en una sociedad de pautas destinadas 
a que no sepamos perder la cabeza 
cuando gira el pomo de la puerta 
y su perfume te baja las defensas.

Tú eres de los segundos, 
y aunque supongo que los primeros 
suenan mucho más apetecibles, 
se esfuman tan rápido como llegan, 
como esa llovizna de verano 
que apenas nos dura unos minutos.

Quizás no decidí que seríamos amigas toda la vida 
desde el primer día, 
pero la vida decidió por mi, y aquí sigues, 
compartiendo tantas cosas 
que empieza a costarme imaginar 
como era antes de ti. 

No escogí que fueses para siempre, 
pero fuiste convenciéndome solo con ser tú misma; 
estando para mi cuando yo no estaba para nadie.

Nunca he tenido una hermana gemela, 
pero algo me dice que debe de ser muy parecido a esto; 
los sentimientos compartidos, las experiencias en estéreo, 
con esa sensación de relieve acústico, 
adaptándote a mi voz cuando se volvía tan delgada 
que ningún oído salvo el tuyo 
podía oírme recitar todos mis errores de memoria, 
una y otra vez.

Las heridas hay que sanarlas, 
pero si no tienes a nadie que te bese los recuerdos, 
se abren con la facilidad 
de la conciencia de un creyente 
que está a rebosar de pecados.

Y tú me los besas, los acaricias, 
eres la música de todas las fieras de mi pasado; 
amansas mis fantasmas 
con la paciencia de un director de orquesta.

No se cuanto de rápido se hace tarde, 
y tampoco me importa mucho si la vida 
pasa en un suspiro o por otra parte, 
se nos queda atascada en las costillas 
y parece pesarnos tanto que los días 
resultan no terminar, 
porque sea cual sea la filosofía vital, 
yo tengo la fórmula perfecta 
para contrarrestar la inercia de todos los relojes: tú.

Igual no puse mi confianza en ti 
desde que nuestras casualidades se cruzaron, 
pero hoy todos mis buenos momentos 
y mis días más amargos 
van a descansar a tu costado, 
y de ningún lugar mejor que desde tus brazos 
siento esa sensación de libertad 
que solo te proporciona el estar atado 
al lugar adecuado.

La vida está llena de direcciones, 
de caminos, de senderos, 
de decisiones, 
pero yo te elijo a ti mil veces, 
en todas tus formas, en todas tus catástrofes; 
te elijo a ti por encima de todos los tesoros, 
de todas las conjugaciones perfectas 
de verbos que no me interesan.

Te escogería a ti aunque medio mundo me dijera 
que estoy equivocándome, 
porque me sabe mejor tropezar contigo 
que acertar con muchas otras personas.

Eres la sensación perfecta 
antes de irme a dormir, 
como un puñadito de oxígeno 
cuando la cosa se pone difícil, 
cuando no hay treguas ni descansos, 
cuando mi habitación se convierte 
en un campo de batalla y vuelan las balas.

Eres la verdadera victoria 
de esta guerra que es la vida, 
aunque muchos otros caigan, 
aunque otros muchos ni lleguen.

Cuando todos corren en el mismo sentido, 
tú eres quien me acompaña en el inverso, 
contra todo pronóstico, 
aunque nos señalen con el dedo; 
te sientas conmigo al borde de mis defectos 
a recordarme que si nos reímos fuerte 
todo lo demás, se vuelve mudo.

Gracias por ser toda una vía láctea 
en la que poder crear tantas estrellas 
como deseos, como planes, como metas.

Y todas a tu lado. Y todas contigo.
Contigo del pronombre: TÚ.


jueves, 30 de abril de 2015

Desde que me conozco.

La habitación sigue oliendo a ti.

Desde la ventana se divisa todo París 
concentrado en el banco 
donde decidiste mentirme por última vez.

Te ibas sin quedarte nunca más, 
y lo hacías por mi.

Supongo que fue el único momento 
de las quinientas noches de Sabina 
que ha durado nuestra relación, 
donde pensé: 
ojalá te hubieses ido por ti.

Me habrías ahorrado la necesidad de odiarme; 
de ver tus huidas asomando al intento de vida 
de todas las mañanas.

Me han preguntado hoy, 
en unas de esas conversaciones 
que empiezan de madrugada 
y terminas por llevártelas a casa: 
¿desde cuándo te conoces?

He pensado que si fuese Bécquer, 
respondería que me conozco desde que te conozco a ti.

Si fuese Bukowski, 
quizás habría dicho que me conozco 
desde que conseguiste que me corriera encima 
solo con el roce de tu lengua, 
que a pesar de haber rozado 
otras cientos de ganas, 
el orgasmo me supo a exclusividad.

Pero los ojos que me preguntaron 
no me dejaron mentir.

¿Desde cuándo me conozco? 
Desde que creo no hacerlo.
Desde que me perdí.
Desde que no tengo tus gemidos 
para quedarme a vivir.

Y ahora que puedo hablar de mi 
sin mencionarte, 
voy a escribirme una carta redescubriéndome, 
si llega a tus manos deshazte de ella, 
que no quiero que sea cierto eso de enamorarnos 
en la octava vida que tiene un gato 
y nadie recuerda, 
en la noche quinientas uno de aquel poeta:

Soy de libros y de noches frías, 
de tormentas, de cientos de mantas 
y olor a palomitas.

De la última fila de un cine vacío 
donde nuestros besos no molesten al personal.

Estoy hecha de poesía, 
de versos cosidos con saliva; 
de valentía programada para activarse 
cuando parece que la guerra, 
que siempre viste en sudadera, 
me ha ganado la batalla.

Soy de las de ir por delante 
dejando que el mundo visualice 
como se ven mis tobillos desde atrás, 
y aunque mi talón de Aquiles 
cada vez se parece más 
a la cuerda vocal que me activas en los orgasmos, 
nunca admitiré que te debo todos mis errores.

Sería regalarte mis mejores parrafadas 
y confesarte que he descosido todas las bragas 
para que se caigan solo con mirarme.

Vivo constantemente con las ganas 
de conquistar un lugar que no existe, 
y en esta lista de imposibles, 
no voy a mencionarte.
Por orgullo al arte.

No he sido nunca la primera en llegar, 
ni en rendirme, 
no he sido la primera en alborotarte los cajones 
ni en ordenarte las ideas, 
no he sido la primera en derrumbarme 
ni en recomponerme, 
pero he sido la última musa de carretera 
dispuesta a descolgar las piernas 
al borde de tu copa 
y pedirle al camarero 
que no decaigan las rondas, 
que por un rato más entre tus hielos 
yo me hago la interesante 
y guardo bajo llave mis ganas de besarte.

Soy de instintos poco básicos 
y muy complejos, 
de cruces de piernas a destiempo; 
de dar la vida con gracia, 
y de guardarme las gracias 
mientras me quede vida.

No se estar nunca en el lugar que debo, 
ni en el momento justo; 
el tiempo y yo somos enemigos enfrentados, 
dijo que lo pondría todo en su lugar, 
y tu lado de la cama sigue tan vacío 
que he decidido llenarlo de poesía.

Que la poesía siempre ha sido hogar, 
y el hogar te hace volver a casa por Navidad.

No soy un zorra indecente 
ni una princesa de exquisitos modales, 
pero si me das a elegir entre astucia o elegancia, 
me quedo con la primera, 
que en un mundo de perras todo es sobrevivir.

Lo cierto es que entre todo lo que soy 
cuando estás 
y todo lo que soy 
cuando te vas, 
solo caben unos pasos.

Los tuyos, 
que suenan aprisa a otro momento distinto 
de otro día distinto 
con otros planes distintos 
que han elegido la elegancia 
en lugar de la astucia, 
y terminan dándose de bruces 
con la misma historia de siempre.

Y te juro que en esa, si prefiero ser princesa.

viernes, 17 de abril de 2015

Borra, olvídate, deshazte, despójate.

Borra las vacaciones 
que no tengan que ver con mis caderas, 
con días sin ropa, 
con huesos tan bien colocados 
que invitan a los besos.

Olvídate de todos los mares 
que no te hablen de mis bikinis. 
Que no te hagan desear una ola 
que me los arranque.

Deshazte de todas las dudas 
que no te lleven a mi cama, 
y quédate con las cien auto-excusas 
que vas a contarte 
cuando me veas preparar café en la cocina.

Despójate de todos los vaqueros 
que no conozco, 
y pónselo fácil a mis dedos, 
que se sienten siempre vírgenes en tu bragueta  
y los embriaga la torpeza.

Borra de tu vocabulario todas las letras 
que no nos nombren 
y todos los verbos conjugados en imperfecto.

Olvídate de las faldas de tus ex, 
de como asomaban sus rodillas, 
de cuanto tenían que inclinarse 
para llegar a rozarte la mejilla.

Deshazte de ausencias sin vestido, 
de prórragas sin bragas.
De segundas partes.

Despójate de los años y los daños; 
de las heridas que se abrían con una sonrisa; 
de las cicatrices que no sanan 
si no son besadas por la boca que las vio nacer.

Borra las siete vidas paseando por tejados, 
buscando colar la pupila por una de las ventanas 
y soñar todas las noches 
con el color de un camisón que nunca has visto.

Olvídate de todo lo que no puedas escribir, 
olvida lo que sentiste cuando lo sentiste todo. 
Deja de recordar el paisaje que se divisaba desde su cornisa.

Deshazte de la música compartida, 
de viejas canciones que suenan mejor 
cuando vas dejando caer la ropa 
y toda la habitación se convierte 
en un campo de complejos abiertos 
donde se enamoran nuestros fallos.

Y se follan nuestros errores.

Despójate de los sueños encerrados 
en un hostal de carretera 
recitando los nombres de los cuatro hijos 
que iban a llevar sus graciosos defectos.

Y ódialos, 
odia su marca de nacimiento, 
sus lunares, 
el color de su pelo después de una ducha 
y la forma de la que siempre arruga la nariz 
cuando la visita el sol de Agosto.

Borra el sonido de los portazos 
que acabaron con una vida en común, 
y si puedes, y sería un gran gesto por tu parte, 
borra todas las reconciliaciones 
cuando el pomo de la puerta ha girado 
siete cervezas después.
Miénteme y dime que no la perdonaste 
porque la camiseta de los Rolling Stone 
no le sentaba como a mí, 
y resistirse se hizo posible.

Olvídate de todo lo que deseaste escuchar 
y no te dijeron 
y olvida también la colección de palabras mudas 
que guardas en la tercera cuerda vocal.

Deshazte de todo lo que te reconstruyó, 
de besos llenos de cemento, 
de manos firmes, 
de planos para encontrarte las cosquillas. 

Despójate de todo lo que te hizo ruina 
y no me hables de sus implacables encantos para reconstruirte.

Borra la sensación de querer hacerte viejo 
entre los brazos más jóvenes de la capital; 
querer hacerte viejo pero lento 
y trapichear con el relojero 
que trabaja cerca del chico de la coca, 
para que negocie con la aguja del minutero 
la forma de congelarse en medio de un beso.

Olvídate de las veces que has muerto de calor 
con Diciembre en el calendario 
y no pongas, como excusa perfecta 
de relación fallida, 
el frío en pleno verano.

Todos hemos tenido Julios de bufandas 
y Eneros de trajes de baño.
Porque a algunas personas 
les caben las estaciones en la mirada.

Deshazte de todo lo que querías ser 
mientras no pensabas que en ese instante 
ya estabas siendo algo 
que nunca volvería a repetirse.

A veces después de hoy, 
después del después, 
no hay más ahora, 
y te arrepentirás de haber sido todo aquello 
sin saber que lo estabas siendo.

Despójate de sus preguntas 
y no te preguntes si aun quieres quererla.

Borra todas las veces 
que no ha salido como esperabas.

Ahora escúchame, 
cuando ya no asomen mis pestañas a tus mañanas, 
y no se me muevan las pecas de sitio 
con la primera sonrisa; 
cuando ya no esté asomando las pupilas 
a tus libros favoritos 
y no te recuerden a mi culo las escaleras de tu casa, 
alguien vendrá a decirte:

Borra.
Olvídate.
Deshazte.
Despójate.

Y es en el único momento 
en el que espero más cojones que amor
para decirle aquello de: 
hay cosas que no se olvidan 
aunque le prohíba a mi memoria ir marcha atrás.


Y así, en secreto, 
con nocturnidad, 
te acuerdes de mi cuando salga del baño 
y la camiseta de los Rolling Stone 
te devuelva a mi cuerpo.