Unos días después me preguntó mi nombre.
Lo recuerdo porque
después
de volver a escucharlo en su boca
me pareció que llevaban toda la vida
sin nombrarme.
Me habría dejado follar allí mismo, para que mentirte.
Habría sido todo lo puta
que sus fantasías hubiesen exigido;
y todo lo insaciable
que hubiesen necesitado sus erecciones.
Pero eso no podía decírselo.
Porque las
chicas rubias deben parecer salidas de un cuento
y no de una película de Rocco
Siffredi.
Pero ojalá hubiese puesto mis orgasmos
como emisora
principal en su cafetería.
Mi culo como página predeterminada en su navegador.
Yo siempre había querido ser escritora
pero te prometo que
a lo largo de aquellas tardes
me habría bastado con ser suya.
Un par de veces
por semana.
Y alguna más los días festivos.
Siempre he sabido que no era para mi
pero creía que podríamos
remediarlo
si consiguiese que yo lo fuese para él.
Algo así como tensar la
ecuación.
Creo que después de Héctor llegó Carlos.
Si, creo que sí.
Carlos hablaba francés
y tocaba la guitarra y mi culo con la misma habilidad.
No besaba muy bien, pero parecía sacado de una película
y yo aquel año me
merecía un trofeo.
Así que le conservé.
Volví después de varios días, y me senté donde siempre.
Desde allí le veía preparar café.
Sus manos hábiles y dulces.
Y el olor por
todo el local.
‘’¿Puedo confiar en ti?’’. Dijo.
Y volví a encogerme de hombros.
Tenía ganas de engañarle a
las tres de la madrugada
en cualquier portal.
Pero no era el momento.
Sonrió.
Y yo sin saber su nombre.
‘’Puedes confiar en mi’’.
Ese fue mi saludo alguna semana
después.
‘’Puedes confiar en mi aunque ni yo misma lo haga’’.
Y me besó.
¿Después de Carlos? Él.
¿Después del después? Él.
¿Después
de mañana? También él.
Yo nunca había fumado.
Ni siquiera cuando escuchaba heavy.
Pero el humo de aquel peta
salía con tanta elegancia de su boca
que el
drogarse me pareció poesía.
Ya consigo recordarlo.
Después de Carlos estuvo Diego.
Diego
y yo éramos amigos desde siempre
y desde siempre me había mirado los ojos más
que las tetas
y eso es suficiente motivo
para darle una oportunidad a alguien.
Era el novio perfecto sin contar que sus manos
no me erizaban un solo vello en
todo el cuerpo.
‘’Te dejo porque eres perfecto’’.
Creo que eso fue lo que le dije.
Y no lo entendió.
Ahora está casado con Claudia
asquerosamente alta y perfecta
y dudo que vayan más allá del misionero.
El sexo sucio no es para todo el
mundo.
Mi abuela siempre decía que el amor debía de doler.
Y él dolía tan poco
que a veces me planteaba si existía de
verdad.
Una noche me llevó a follar bajo las estrellas
o sobre
ellas, no lo recuerdo.
Y yo que siempre había sabido
colocar los puntos
cardinales en cualquier mapa
no sabía donde cojones
me había dejado el norte
al salir de casa.
Supongo que a lo largo de la vida
deseamos muchas cosas
pero el destino había concentrado todos mis deseos en él.
Era una recopilación
de todo lo que había sido
y de todo lo que había ansiado ser.
Y yo aun sin saber su nombre.
Y sabiendo sin embargo el sabor de todos sus errores.
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