viernes, 2 de diciembre de 2016

El placer de no pertenecer.

No me siento de aquí, no me siento de aquí porque no creo en esto. Ni en los ideales que pesan más que ninguno de los edificios más altos de Central Park, ni en los parámetros sociales con edades impuestas a la maternidad o al matrimonio. No creo en el dinero, ni en todo lo que creemos necesitar para creer que somos felices.

Sin serlo.

Mi día de la suerte será el día en que tú tengas suerte. Y abras los ojos para entender que abrir las piernas nunca es un pecado. Y no querer ser madre no conlleva el permiso de nadie. ¿Desde cuándo deciden otros si estás preparada para darle amor a quien crece en tus entrañas?
No hay libertad más triste que la que te dice cuando puedes ser libre, mientras tú finges no ver los barrotes. La voz del orden es cada vez más firme, y el ciudadano ha pasado a ser un mero figurante.

¿Te sientes partícipe de quien no te hace parte?
Hay que ponerse en pie y gritar fuerte: soy una oveja, para que te acaricien el lomo. No dudes de la cultura ni de la moral ajena, o te estarás formando bajo tus propias convicciones y eso siempre es un problema. Tú serás el problema para quien obedece órdenes.

Y te darán estadísticas vacías donde las cosas mejoran aunque tu vecina sigue comiendo las sobras del contenedor de la esquina mientras el anuncio de la lotería te cuenta alguna mentira.

Pero no lo notarás, porque la estupidez humana se acostumbra a todo, hasta a lo que no es cierto, y vive plácidamente entre certezas absurdas. Es mejor eso que preguntarse si estamos en lo cierto.

Vivir pisando al resto; con la soga al cuello a final de mes. Con nuestro día a día dentro de un catálogo donde puedan seleccionarnos como a piezas de ajedrez.
Pero si crees en Dios se pasa, ¿a qué si? En su eterna misericordia y en una religión que te empuje a matar en nombre de otro. Una guerra santa en la que no hay más enemigo que tú mismo.

No existe el verbo poder, ni el pensar, ni el dudar. No existen mentes inquietas que se cuestionen la escasa movilidad. Desde esta libertad impuesta yo solo vislumbro alambradas y cuerpos inertes que sin embargo, caminan.

Y cotizan.
Pasar por la vida para estar dentro de las expectativas de otro, de los números de otro, de los planes de otro. Ser una sucesión de escalones para que otro llegue a la cima, y desde allí, que nadie le ve porque todos miramos hacia arriba con los ojos vendados, poder robar tranquilo.
Marcados por la estética social, por las tendencias que te dicen quien debes de ser, en que momento y hasta cuando. Una marioneta que se disfraza para no quedar fuera de la corriente.

Porque claro, que miedo ser un pez que nada en otra dirección. Que miedo la soledad, por si nos topamos con nosotros mismos.
Con lo fácil que es ajustarse a la descripción de los demás.

Y después, cuando en una red social que te ayuda a follar más, te pidan que hables de ti, tendrás los santos cojones de decir que te consideras diferente.
Lo más triste de todo es que seguramente esa noche follarás.
Abrirá las piernas para ti la misma chica que luego dirá a sus amigas que ni siquiera os habéis besado, por si San Pedro anda por allí con su libreta para acceder al cielo.

Quienes sufren la disforia de género, quienes viven su bisexualidad o quienes eligen amor libre, no son depravados ni locos; la infidelidad no significa lo mismo para todo el mundo y hay quien no quiere un amor eterno.
Somos la generación de vacíos cotidianos,
de preguntas moldeadas
para no molestar al dirigente,
de nadas rutinarias
y ausencias domesticadas.

Solo queréis sentiros a salvo.
Pero afortunadamente aun quedan personas que disfrutan del placer de no pertenecer. No pertenecer. No pertenecer. No pertenecer.

Porque cuando no les perteneces, te perteneces. 

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