miércoles, 21 de febrero de 2018

Ciertamente triste.

Noto las ausencias dentro de una habitación cerrada, con olor a madera putrefacta que ya no sirve de alimento ni a las termitas: me están devorando a mi. Las noto en las entrañas y les doy cobijo en un afán de sentirme viva. 

Los perros siguen ladrando pero ya no debe de ser a mi. Hace meses que no paseo: solo deambulo por los pasillos de un piso del que escapan lamentos. Las paredes hablan y me duele la cabeza. Y el tic-tac del reloj cada día se asemejarse más a una bomba a punto de volar por los aires cualquier atisbo de recuperación. 

Si algún día alguien te recomienda, le diré que no. Que todo es tan mentira, que ni las ganas de que sea cierto pueden volverlo realidad. Que crueldad más enorme negarle a alguien las intenciones. 

Tantas veces te he perdido y tantas otras creí recuperarte, pero es cierto eso que dicen por ahí: nunca vuelve quien se fue, aunque regrese. Y da igual como o cuantas veces lo haga. La primera vez se lleva todo consigo. 

No todo el mundo puede estar triste, quiero decir, no es una elección propia. Uno tiene que merecer estar triste. Enormemente triste. Hasta que te duela el libro que no te lee, la ropa que no te quita y las manos que no le tocan. 

Una vez me sentí árbol y todas las ramas crecían hacia tu ventana. Necesitamos agua. Vamos, eso no se le niega ni a tu peor enemigo. 

¿Has debido de amar antes a todo el mundo que ahora odias? Como la mano derecha que necesita de la izquierda. Quiero soplar fuerte y esparcir todas tus cenizas por mi salón, seguiré poniendo tu programa preferido para que te sientas como en casa y cuando juguemos a los vientos, volveré a repetirte que yo elijo ser ciclón para cambiarlo todo de lugar. No va a importarme que el alma tenga memoria porque yo tengo poderes cuando nos abrazamos fuerte. 

Y me siento salvajemente encerrada, 
consentidamente domesticada, 
indomablemente adiestrada. 

Un animal de circo que no sabe si está enamorado del látigo o de su cuidador. 

En la zanja de todas mis heridas crecen naranjos con los que hago mermelada amarga que me quema la garganta. Ojalá supieses que tanta libertad me hace sentirme esclava de tu regreso. Menuda tormenta desde la ventana de la habitación que da a mar abierto; me recuerda a cuando hacíamos el amor. 

Hoy te he imaginado llorando y tus ojos se me han antojado más profundos que nunca. Y he querido que de veras lo estuvieses haciendo y poder sentirte humano. 

Empiezo a perder el tiempo, la paciencia y hasta los modales; 
y a ti, por supuesto. 

A ti te pierdo todos los días un poco más, 
a veces te pierdo amor, 
otras te pierdo furia, 
otras solo te pierdo poesía. 


Uno debe merecer estar enormemente triste, acertadamente triste, justamente triste; entiende que, las puertas del cielo, no se abren para todos. 


miércoles, 3 de enero de 2018

Frío en los huesos.

Lo he sentido en los huesos. El tintineo de algo que se mueve despacio, agazapado, sigiloso, quizás por temor a ser descubierto, quizás simplemente porque nunca supo brillar con más fuerza: no hay estrellas en todos los cielos. Ni luces en todos los caminos. Lo siento en los huesos, quebradizos, frágiles, débiles, sin ningún otro motivo que tal vez el tenerte demasiado lejos. “¿Que es lejos?” Me preguntas mientras me retiras el pelo de la cara. “Que estás aquí y no te siento”. Que forma más horrible de perder a alguien: sin kilómetros ni relojes ni trenes ni ofertas de trabajo al otro lado del mundo. Vuelve a caerme el pelo sobre la frente pero tus dedos ya están a otra cosa, mariposa. Negra, malherida, volando a ras del suelo, sin oportunidad de elevar los pies. Que lejos está hoy Marte. El universo y nuestros planes. Mañana cuando volvamos a vernos, ¿estarás tan lejos como en este momento? Lo he sentido en los huesos, el olor a café recién hecho, a pan tostado, el aroma a mermelada de fresa y sábanas planchadas, echo tanto de menos todo lo que no he tenido, a ti, por ejemplo, encabezando una lista de imposibles que recuerdo tantas veces como veces lo he querido olvidar. Te pareces tanto a las cosas que ya debería haber aprendido de memoria, como que todas las palabras esdrújulas se acentúan. No tenemos que arreglar nada, tranquilo, no necesito atenciones ni cuidados ni tarjetas de ánimo y cariño; este animal desgraciado, callejero, moribundo, se ha aceptado. Y escribe poesía, de noche y de día, anda siempre cansado. Lamiéndose las heridas con auto compasión, delante de un espejo que dispara contra él aunque nunca acierta: soy transparente, incandescente, un fantasma del pasado que me cuenta historias para camas en las que nadie quiere dormir. Lo he sentido en los huesos, la furia, el enfado, la pasión y los tropiezos. He abierto los ojos de par en par y me he visto dentro de la jaula de los leones. Feroces y hambrientos pero ¿que tripa se llena solo con ausencias? Me siento un pájaro sin alas, ciego, obediente, redimido. Hoy es mi día libre y noto la vida presa. Magullada, con polvo en las hombreras, casi ridícula, pasada de moda, de vuelta, de tuerca. Eres el chico malo de cualquier historia; que no de la mía, sino de cualquiera que se parece tanto a mi, que siento empatía. Y le retiro el pelo de la cara y le susurro al oído: “hay quien nunca ha estado cerca, aunque le hayas sentido”

“¿No podemos hablar de otra cosa?” Vente a este lado, donde nadie sabe de mí y yo me siento parte de todo: de los intentos de supervivencia, de los tachones en las canciones que hablan de amores tan fugaces que no dio tiempo ni a pedir el deseo; de besos al galope, a destiempo, de añorar tener las manos llenas de tus manos, de la nostalgia, la melancolía, las prisas y las estaciones frías. Del Sur que siempre hace de calma. Lo he sentido en los huesos, y no te quiero mentir, cada día recuerdo menos tus ojos, tu rostro, el epicentro de tu tristeza ya no me da ganas de escribir; tus arrugas al reír se han vuelto surcos en una tierra en la que ya no crecen flores. Y he rezado, porque me siento víctima. ¿Tú crees que todos somos prescindibles? Supongo que, depende de la partida. Del enfrentamiento, de la fuerza con la que vamos a golpearnos cuando nos golpeemos. No te siento propio, aunque lleve tu saliva, pero si cercano, familiar, tan allegado que noto como me respiras en la nuca cuando intento conciliar el sueño. 

Lo he sentido en los huesos: el frío, hasta que ha cogido color a cerezo pero olía a mandarinas agrias de un huerto por el que paseábamos de la mano, a escondidas por si nosotros mismos nos descubríamos y nos contábamos que cuando duelen los huesos, no hay forma humana de que el amor se resista al vacío. 


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Eran tiempos difíciles para la poesía.

Tengo a los pies de la cama una pecera como cementerio de lágrimas, y junto a la almohada una vela apagada para que no puedan encontrarme los malos sueños, ni los viejos fantasmas.
Un ataúd vacío, que no me deja sufrir la pérdida y un puñado de huesos mal apilados en una esquina del salón.

Están siendo tiempos difíciles para la poesía. Nadie se señala las heridas de guerra, ni habla del hambre, la penuria o la enfermedad.

Al otro lado de todas nuestras decisiones, no se como estás. Nosotros, que nos hemos hecho daño juntos despedazándonos los cuerpos desnudos, y ahora no me dejas ver tus cicatrices.
Ojalá otra boca te las esté besando y empiecen a sanar desde dentro, y un día reciba flores y una tarjeta: me han curado.
Y será un buen momento para llorar mucho, hasta desbordar la pecera y dejar a todos los peces en libertad. Y leeré.

Están siendo tiempos difíciles para la poesía, pero lo estoy intentando. Todas las noches pienso en ti sin mí, y te imagino guapo. Espero que estés durmiendo bien.

Yo en cambio tengo atascado en mitad del pecho un océano embravecido y una sensación a llovizna fría cogida a los hombros.

A veces tengo ganas de preguntarte si eres feliz, y trato de recordar que cara pondrías; pero no te veo, cada día tengo tu rostro más ensombrecido; ¿dónde tenías más arrugas al reír? ¿de qué color eran tus ojos, castaños o casi negros?
Y que miedo haber olvidado, contra todo pronóstico, el amor eterno. Septiembre intentó dejar aquí lo mejor del sol y Octubre ha arrasado con todo.

No puedo decirte cuando sucedió. Ni como. Solo se que un día todo empezó a ser insignificante. Y dejé de escuchar tu voz con claridad.
Me habían llevado a Marte y me habían prometido una vida mejor. Y yo adoro las promesas, aunque todas sean inciertas y lo único importante de ellas, es la valentía de quien decide hacerlas.
Pero a mi me vale. Desde Marte no podía verte. Ni escucharte. Y todo se parece tan poco a la última vez.
Y la última vez se parece tan poco a la primera.

Hay una parte de mi  complicada, bipolar e inestable. Y otra sensata, prudente y estática. Siento haberte presentado a la primera, de golpe y sin reparo.

Y que te sintieras indefenso, a la intemperie, porque debajo de este templo, no compartimos oración.
¿A dónde vas cuando te vas y de donde regresas cuándo regresas? Aunque ninguna de las dos cosas las hagas del todo.

Son tiempos difíciles para la poesía en esta habitación sin flores, ni estampidas. Hace tanto del último beso que hasta la ciudad ha cambiado. Nos han robado rincones y las viejas canciones ya no encuentran sus escenarios.

Cuantas promesas truncadas y finales advertidos, salvo el de verdad, como una jarra de agua fría que te congela la sangre y te deshumaniza.

Y ahora me siento un animal abandonado y herido. Y aúllo bajo tu puerta, perdida entre cientos de calles sin salida, entre personas que se abrazan inmersas en su felicidad.
Que poco valor tiene la tristeza ajena.

Hay demasiados inviernos entre los dos y tantas distancias entrometidas que ya no se exactamente que es lo que nos separa, pero debe ser enorme.
Un iceberg gigante en mitad de Madrid, partiendo la ciudad en dos: los lugares a los que íbamos juntos y aquellos que no nos dio tiempo a visitar, y lo cierto, es que no se cuales me duelen más.

Estoy corriendo en dirección contraria, lo se porque nadie me sigue, y el camino correcto siempre está lleno de personas que planean besos y bodas; chicas bonitas con vestidos de flores.
Aquí no hay nadie. Y mis pétalos se quedaron en el suelo de tu habitación.

Están siendo tiempos difíciles para la poesía, que dolorida respira, se arrastra y me mira; le acaricio el lomo mientras gimotea lastimosa.
Nos hemos mirado a los ojos y te hemos encontrado.

Ha vuelto la ciudad.

Las viejas canciones.

Las flores.

Y he podido despedirme, como lo hace un caído de guerra:

A mi más fuerte explosión, 
a todos los pedazos; 
a este corazón mutilado 
que desde mi pecho anhela tus huracanes. 
A mi eterno y perecedero amor:

Te has ido 
y he dejado de entender la poesía.






miércoles, 13 de septiembre de 2017

Reverso.

Supe que ciertas cosas están destinadas a ser separadas de cuajo con la misma fuerza que chocaron.

El lado inverso; 
el reverso. 
El regreso del golpe.

Vi toda mi infancia liada en sus dedos, y sentí que toda mi vida no había sido más que un títere movido para llegar hasta aquel momento.

La nada del todo más intenso.

Me lloran encima las calles de nuestra ciudad y en todos los desconocidos encuentro algo de ti que conocía muy bien; y así es como me habitas aunque recorras otro cuerpo.

He paseado por la plaza donde está escrito aquello de los cerezos y la primavera y he pensado que he olvidado el paso del tiempo porque ya no pasa nada que merezca la pena que pase; y porque el frío, la lluvia y el viento se me han cogido con fuerza a todos los intentos de no soñar contigo como reproche a lo poco que lo haces tú conmigo.

Porque ya no recibo tus mensajes de madrugada. Ni llamas a la puerta cuando tienes cama donde caer pero nunca te dejan hacer de muerto. De herido emocional. De tullido de guerra que se recuenta las balas a oscuras todas las noches de soledad.

He abierto un poco el ala derecha de la ventana y se ha colado la música que se escapa de tu casa. Y el olor a café tostado y a mermelada de fresa. Eres feliz al otro lado de mi. Y yo estoy tan triste, y siento el desamparado de todos tus miembros, que se me han despegado del cuerpo y me han dejado la piel áspera.

Y un dolor agudo en la nuca que no me deja descansar y que me da ganas de vomitar todas las noches los mismos miedos, 
los mismos sermones,
los mismos abismos.

Se me ha secado la fe gota a gota, como la saliva de los lóbulos de las orejas que me dejabas cuando hacíamos el amor. Y es muy difícil la vida desde este lugar con cruz pero sin creencias, con religión pero sin milagros.

Aunque lo más complicado de todos estos meses que llevo sin ti, es sentir que te conozco lo suficiente como para saber que no vas a volver, y que no te encontraré donde siempre, que no hay dirección a la que enviarte cartas, ni teléfono al que llamar solo para decirte que sigues en este pecho.

Retumbando, 
resonando.

Saber que no vas a volver me obliga a tantas cosas que no quiero elegir solo porque yo, te elijo siempre a ti. Y a cada uno de tus besos que terminan con mi libertad. Con las canciones. Con los pronósticos favorables.

Desde esta elección con final advertido, desde este cuerpo que gira dentro de una habitación cerrada y que no sabe nada del destino, voy a decirte, en voz baja y tiritando de frío, que vuelvo a esperarte solo porque yo nunca me he ido. Que sigo donde me dejaste. Con todo este dolor mío y todo el aguacero que se me escapa de las muñecas cuando intento cogerte con los ojos y guardarte al fondo, como una idea; y nunca puedo.

Que voy a esperarte porque dejar de hacerlo sería, irremediablemente, enemistarme con esa parte de mi que recita poesía. Y baila en una azotea y se suicida solo para volver a la vida y apostar todo de nuevo  a encontrarte.

Y perder.

Y perder.

Y perder.

Siempre en la misma ruleta, mientras de fondo suena Sabina y quinientas noches me parecen una broma de mal gusto.

Y las heridas,
los llantos,
los daños
y los golpes
se me amontonan en las costillas 
y se me clavan con fuerza 
sin piedad ni misericordia.

Pero mientras todo esto pasa, 
tú vuelves,
y el arte, 
convaleciente,
de repente respira 
y se retuerce 
y me devuelve a la vida. 




miércoles, 6 de septiembre de 2017

A ti, dulce poesía.

Se fue a la guerra. Y no volvió. Quiero decir, sí que volvió pero era otro que yo no conocía. Y además, no traía heridas, traía el vientre lleno de flores cortadas por otras manos.

Sucias y hábiles.

Se fue y yo que no pensaba esperar, me quedé a vivir en el alfeizar de la ventana, con la vista clavada al fondo, donde ya no se distingue la huida del regreso.

En la distancia todo se vuelve un amasijo de desconocidos, tan vivos como inertes, tan cercanos como lejanos. 
Y tú sin moverte del sitio.

Voy a decirte que te extraño casi todas las noches que quiero mucho a alguien que no eres tú. Voy a decirlo solo cuando estés tan lejos que no puedas escucharlo, porque no toda confesión se hace para otro oído.

Cuando ya no tenga miedo, voy a contarte que me hubiese quedado. 
Cuando los huesos hayan soldado y no pulule por la ciudad este olor a mar.

Mientras tanto, no voy a decirte más que lo que no te digo y tampoco voy a dejarme querer.

Siempre fue de otra forma que ya he olvidado, pero ahora es distinto ¿tanto hemos cambiado? Seguramente ya hayamos elegido justo por no haberlo hecho. La falta de decisión es la mayor elección. ¿Cómo puede haber tanto en todo lo que callamos?

Me parece que el tiempo ha dejado de discurrir. Algo se ha parado, y la habitación donde solíamos besarnos ha estallado esta mañana y yo sin embargo, sigo escuchando el estruendo. El tiempo ahora funciona de otra forma, y dentro de unos días será otro día y cuando todo debería ya haber acabado, dentro de mi estará empezando.
Mañana será siempre hoy y ya no habrá puentes que unan distancias. Eternamente lejos, todo lo lejos que estábamos ayer y que yo siento ahora. 

Y cuando nos volvamos a encontrar y nuestros ojos se vuelvan a mirar, estaremos tan lejos como lo estábamos ayer.

Me he puesto delante de una hoja en blanco y he decidido hoy, después de hace años, escribirte una nota de despedida, porque he tragado saliva y necesito decirte adiós:

A ti, con todo el amor que siento hoy y es de ayer;
a ti, con esta sinceridad que tanto me ha llevado a mentirte.
Me has hecho daño 
y ahora eres ceniza, 
pero hay algo en ti, 
dulce poesía, 
que respira. 
No hay nada en orden si recuerdo. 
Eres todas las guerras de este pecho, todas las veces que me he negado al refugio. 
Tempestad y viento. 
Y echo tanto de menos decirte que te echo de menos, y el luto, los tropiezos. 
Los malos momentos y el sexo. 
Desde esta vida nueva tengo una ventana que siempre da a tu habitación, y un rincón en el que hace frío solo cuando te pienso, y te pienso mucho. 
Y ya no vuelo, 
ni paseo, 
ni canto, 
ni siquiera rezo, 
porque no creo.

Dime, ¿qué andabas buscando fuera de mi? 
Los besos, 
los años, 
los daños, 
siguen aquí. 
Y con el café de esta mañana me ha dado por pensar que igual dudas. Y eres humano. Y vuelves. Y hablamos. Después he recordado que esto era una nota de despedida, y que entonces debía de ser yo quien despidiéndose, no te dejaba regresar.

Así que he decidido escribirte mejor una poesía, sentada en el único lugar que no me recuerda a ti y te he encontrado allí:

A ti, que por todas partes vuelas; 
que te expandes y me abarcas. 
A ti, que no eres más que una sucesión de improbables, 
tengo que confesarte que no hay noche, ni día, ni tarde, 
que no me quemen las palmas de las manos de no tocarte.

Pero no hace falta que vuelvas,
me gusta más imaginarte.




lunes, 28 de agosto de 2017

Laura sigue aquí.

Laura, 
que tenía los ojos claros y el corazón oscuro, y que nunca me veía mientras me miraba, me dijo anoche que se había enamorado.

De golpe, 
y de porrazo, 
porque aquello era ambas cosas, 
todos los poemas perdieron el sentido. 

La chica fría enamorada de alguien que no era yo.

Quise invitarla a un café. Pero se negó. 
Tenía un anillo nuevo y un piso en mitad de la ciudad.

Laura, 
que siempre llevaba falda por si el encuentro era rápido, cruzaba ahora la calle con un vestido largo que la hacía parecer distinguida. 
Nada de bares de mala muerte, ni velocidad sobre ruedas, nada de mi. Ni de tatuajes a deshoras, ni de disculpas por no saber disculparnos por aquello que no podíamos ser.

No se que vaqueros ponerme y las sudaderas me resultan poca cosa, con lo que le gustaba meter sus manos frías bajo ellas, y ahora aquel tipo viste de camisa.

Laura, 
que le daba a la droga y a la noche, y que no sabía hablar del futuro, tenía intenciones de boda. Y sonreía a todo el mundo, y le reían los ojos. Y le bailaban las pecas. Llevaba las uñas arregladas y un collar diminuto que le llegaba a la mitad del pecho.

Su pecho que se movía rápido cuando estaba a horcajadas sobre mí. Ayer mismo ¿no? O antes de ayer. O quizás hace un par de años.

Laura, 
que me escribía de madrugada para decirme que estaba borracha y era fácil, agacha ahora la cabeza cuando se cruza con un hombre que la mira, y deben de ser muchos al día. Parece recatada y tímida, y lleva el pelo liso; ni rastro de aquellos rizos rebeldes que se empapaban en sudor cuando hacíamos el amor.

No la reconozco y la sigo queriendo; 
maldita alma poeta que vive plácidamente de lo que fue, 
o de lo que no fue pero quiso que fuese.

Laura, 
que tenía el cuerpo lleno de lunares, parecía ahora una muñeca de piel de porcelana; ni rastro de mis cicatrices. 
Y siento rabia de no haberle hecho más daño, 
más fuerte, 
más adentro. 

Hasta el epicentro de todo lo que era 
para condicionar todo lo que llegase a ser.

Todos los días la sigo hasta el café donde desayuna, y le fotografío las piernas, sin que lo sepa. Y le busco aquella marca con forma de mariposa que tenía en el tobillo y la ayudaba a volar. ¿Levantará ahora los pies del suelo?

Laura, 
que fumaba a todas horas y siempre olía a lavanda, tomaba ahora té por la mañana y no se acostaba a más de las doce. La luz de su habitación se apaga todos los días a la misma hora, y yo vuelvo a casa, mirando siempre hacia atrás por si se asoma y me dice que soy idiota por creer que toda aquella parafernalia era cierta.

Pero nunca vi su cara, 
ni sus ojos de gata.

Laura, 
maldita Laura, 
que tenía toda la luz que me robaba. 
Que se incendiaba mientras yo me apagaba.

¿Le has contado al galán que te acompaña que una vez fuiste la chica de alguien sin futuro? Quiero saber, Laura, si le has hablado de mi piso en las afueras, de dormir en el suelo, de la cerveza y el sexo. Tu risa aun suena donde ya no suena nada. ¿Le has dicho que tengo aquí todas tus bragas? Y la vieja maleta que siempre llenabas con ropa de los dos mientras me contabas a donde te gustaría ir de viaje y volvías a la cama. Seguro que él no sabe lo de aquel golpe en bicicleta que te partió dos costillas, ni que no conoces a tu madre. 

Ni lo del tequila, 
los baños públicos 
y las prisas por ser alguien.
O algo, con un poco de sentido.

Tu amor curaba esta decadencia de mierda. Tu amor llenaba la nevera y amansaba a todos los animales callejeros que llevo dentro.

Tus besos en el pecho calmaban todos mis reclamos, 
mis viejas heridas, 
mis huesos mal soldados.

Laura, 
ahora que te has ido, y que yo no voy a moverme del sitio, porque este sitio huele a ti, quiero decirte que espero que no seas feliz, no porque no te lo merezcas, sino porque no me lo merezco yo.
Yo no me merezco que tú seas feliz.

Nunca más voy a salir de este apartamento, 
ni a poner la lavadora, 
ni a cambiar las sábanas, 
ni a afeitarme. 

Y no me importará que entonces no vayan a seguir subiendo mujeres que se parecen a ti, porque luego nunca cantan ninguna canción de Dylan, ni me corrigen cuando recito a Bukowski, ni conocen ninguna calle de la ciudad donde se vendan libros usados.

Me he dejado caer al bar de abajo, y me he puesto en la última mesa, he sacado la cartera y he buscado la nota que me dejaste en la nevera: 
‘’He decidido cambiar, 
pero tú no lo hagas, 
porque entonces podría funcionar.’’

Hace cuatro años Laura, 
pero ha vuelto a pasar, 
te he vuelto a perder.

Hace cuatro años Laura, 
y todos los rincones, 
las calles, 
los gatos, 
los coches 
y las luces, 
se mueven diferente cuando digo tu nombre.

Hace cuatro años Laura,
y yo, 
mientras tú pareces feliz, 
sigo estando triste.

Y vivo.

Y eso, debería ser incompatible. 






domingo, 9 de julio de 2017

Tres heridas que se abren.

Recuerdo aquel día. 

La lluvia, dentro. 
De nosotros, de lo nuestro; 
y el sol fuera, 
meciendo cuerpos vivos 
y deseos primitivos.

Necesitabas espacio y vacío. Te lo tragaste. Buscando el abismo entrañable caíste dentro de ti mismo pero sin ser tú. Y yo tan cerca siempre de todo lo que no existe.

Cuando llegué a casa todo estaba roto. Los espejos, los jarrones, los platos donde hundías tus manos huesudas. Y nadie cantaba. ‘’Algo le pasa al pajarito cuando no canta’’, tu voz melosa en mi oído y tus pies tan lejos de mi cocina.

Todo estaba roto y mi hogar y yo, y el pájaro de la vecina que ya no canta, somos tus sacrificados; una guerra llena de caídos. Maldito vendaval que lo arrasaba todo a su paso, mientras nosotros creíamos crecer.

En este edificio todos te odiamos. Las tejas, los cimientos, las alfombras. Estamos en contra de ti, y de tus promesas de adúltero y de tus caricias decrépitas que me han dejado la piel sin brillo, sin poros, sin pelos de punta: como un terreno liso sobre el que no crece la vida. Ni el arte.

Ahora yo misma soy un lugar seguro. 
Seguro que no pasa. 
Seguro que no vuelve. 
Seguro que el amor no existe.
Estoy segura de que seguramente no salga nunca más a comprar el pan, porque la comida caliente me recuerda a no tenerte, y a tu boca, y el pajarito así no va a volver a cantar.

No sale de la jaula y tiene la puerta de par en par, mientras el mundo duerme sobre un planeta frío sostenido por manos desconocidas de las que no me fío.

Niña, grita la mujer del bazar, hay que poner el corazón para poder hablar. 
Y me palpo el pecho, desesperada. 
Y tengo tan cerca de la boca el latido, que casi lo muerdo y lo escupo.

Que será del mar sin nosotros dos. 
Que será de la luz de la ventana 
de la última habitación del pasillo, 
que me atravesaba las costillas 
y me dibujaba formas inexactas 
y entendíamos la vida.

Que será de mi ahora, 
que mi cuerpo en la sombra se esconde, 
que mis manos torpes no desvisten, 
que mis pies desconocen el camino 
y mis dedos no tejen refugios.

La madera cruje, las persianas chirrían, las luces titilan. Toda la casa grita y yo solo se estar en silencio. ¿Oiré el teléfono si suena? ¿Sabré si he muerto de miedo o me sentiré absurdamente viva?

Debajo de la ventana del dormitorio hay un animal herido que jadea, me duermo rodeada de miseria. Ayer le dejé entrar en casa porque no somos tan distintos. Parece como si te conociera, has dejado de darnos de comer.

Cuanto amor falta en la soledad, en la de verdad; en la que no compartes siquiera contigo mismo. Nadie canta cuando las cosas van mal. ¿Qué le pasa al pajarito? Ya no sale a pasear.

Hoy me he contado las heridas, hay tres cerradas. Y aun así no te olvido. Estás al otro lado de la cura y eres a la vez, la peor enfermedad. Sea como fuere, gracias por los destrozos y este traqueteo que me ha volado por los aires todos los cerrojos. Los huesos. Los ojos.

Y sin embargo, aún te me antojas dulce, dentro de una confesión salada llena de ganas de volar que quedan en nada. Que se deshacen y se expanden hasta cubrirlo todo de aguas torrenciales que dilatan la madera y atrancan las puertas de todas las salidas.

Y yo, que ya he dejado de intentarlo, me he sentado con las piernas cruzadas en frente de la jaula, y le he pedido al pajarito que por favor, esta noche cante.

Me ha hecho caso, y las tres heridas cerradas a cal y canto, se han abierto de un plumazo, porque mi amor, nadie canta cuando las cosas van mal, así que he imaginado que debían de ir bien.

Y que entonces, 
seguramente, 
habías decidido volver.