martes, 11 de abril de 2017

Un mar que no conoce la calma.

Te vendes, 
como gota de agua libre
como líquido que purifica, 
religión que arrasa
fe que despedaza principios.

¿Nunca fuiste esclavo de los valores de otro?  Que tendrán los espacios limitados que nos hacen sentir tan libres. Que tendrán aquellos que nos hacen felices y luego se van. Las almas gemelas tienen que estar rotas, nada que esté entero puede encajar. 

Las flores querida, de amor o de muerte. Como todo en la vida. Porque amas y vives o simplemente mueres. Todo tú mundo reducido a dos opciones. Quebradiza y frágil la primera, tosca y pesada la segunda. 

Todo lo que queda en medio, solo es cielo y tú no sabes volar. Aunque píes con fuerza y tus vecinos abran sus ventanas de par en par para escuchar tu canto, y nadie sepa de tu pena porque no se nota la tristeza en el arte o quizás, porque todo en el arte es tristeza. 

El chico del cuarto te dibuja mirando hacia el suelo del patio de luces. ¿Ves? Miras con aire de suicidio y quedas tan bonita. Van a pagar por ti en cualquier galería mientras se te marchitan las flores que tienes en el alféizar de la ventana, porque las lágrimas no riegan, ni alimentan. No hay vida en tus ojos. Ni camino a través de tus costillas. Eres humo, que se cuela y se expande. 

He estado pensando que en realidad, solo está enfermo quien quiere curarse, los demás nos aceptamos. ¿Tú te curas o te aceptas? ¿Eres de medicamentos o te dejas llorar encima como si estuvieses meando toda la anestesia de una operación de tres dias? 

No hay latido en mi vientre pero le he puesto nombre, para sentirme un poco menos sola. No me mires con condescendencia, hay tanta belleza en el vacío infinito. En las líneas que se desdibujan y se pierden y dejan de crear formas exactas. Sácate los órganos vitales y colócalos de nuevo, que choquen entre sí y provoquen electricidad. Los míos se hablan, se riñen, se enfrentan, se mecen. 
Y todo por dentro estalla y yo dejo de sentirme parte de ningún lugar. 

Al fondo de tu caja torácica nada se paró el día que te marchaste. Había acabado la guerra y yo seguía escuchando disparos y me despertaba con dolor en el pecho. Si supieses que me dejé morir el día que te fuiste, y que no volví a escuchar la radio porque ya no entendía la música: todo dejó de vibrar. Allí donde llegaron nuestros planes, no conseguimos llegar nosotros, pero lo hice yo y nadie me esperaba. Si en tu destino no hay unos brazos abiertos de par en par, no es tu lugar. 

Y me fui de ti, como quien huye de algo que ansia que le persiga. Tal vez por eso lo hice despacio y aunque tú no me seguiste, yo te fui encontrando en todas las flores que entre el frío, se abrían valientes; en todas las bocas temerosas que sin embargo, besan y prometen; en toda la poesía, en todos los balcones, en todos los veleros. 

Mares en calma y ventanas de par en par con habitaciones llenas de olas. Te escribí a tantas direcciones y me leyeron tantos desconocidos. Hice mía la existencia de tu ausencia y me dejé mecer por el vacío, por la infinitud del recuerdo; llevé el luto con la resignación de un cristiano aceptando la penitencia de un Dios de carne y hueso, y de barro. Grotesco y resbaladizo. Y yo me creí alfarera de algo que no se dejaba dar forma. Y de pronto la lluvia. Y el barro derretido en mis manos y la ropa sucia. 

Hay versos que no encajan pero ellos no tienen la culpa, me decías. 
No hay nada más complicado de entender: hay versos que no encajan. Sin más. 

¿Por qué? No lo sé.  Pero chocan y chocan, hasta hacerse heridas que se queden de por vida, y luego se van. 

Y en tus ojos se atisba la pena de todos los animales abandonados. Dos agujeros negros que se martirizan con la pérdida. Que siguen sintiendo el miembro amputado. Dos ojos a los que les pesa la bandera de un lugar sin conquistar. 

Se extiende el humo del último cigarro por toda la habitación. Te dejaste siete paquetes y una nota: para la primera semana de ausencias. 

He subido la persiana por primera vez en estos siete días y la luz se ha resquebrajado como un hueso. Roto y dolorido que aún no quiere exponerse. 

Así que he contestado a tu nota de despedida y la he enviado a todas las direcciones que me recuerdan a ti:

A todas las catástrofes,
los puentes y las ruinas;
a los niños sin padres,
a los túneles sin salida,
a las muertes en vida. 
 
A los pájaros que no saben volar,
a quienes esperan y se rompen,
a todos los que dejaron que una parte de ellos se suicidara.
A ti, por bestia indómita; 
y a mí, por animal herido:

"Voy a necesitar muchos más cigarrillos.
Con amor, 
desde un mar 
que no conoce la calma.

Ni la ansía."
 
 
 
 

                         (Ilustración de María Casas. Facebook: Emecocos Art / Instagram: Emecocos.)
 

sábado, 25 de febrero de 2017

Agua en los ojos.

Me siento agua, líquida y frágil,
que no da vida ni calma la sed.
Agua transparente, insípida,
que no sabe colarse entre tus creencias.
Agua que no limpia, ni purifica.
Sucia.
Que arrastra piedras.
Y no guarda en su seno ningún ser vivo,
ni da cobijo,
a la que nunca han llamado hogar.

Agua inerte.
Por la que a veces corre sangre
de alguien que viene a limpiarse las heridas.
Agua sin sal, que no cura ni cicatriza.
Agua que marchita
y que extiende la muerte.
A la que no dedican poemas ni glorifican.

Agua sin templo.
Sin alimento.
Agua vacía a la que nadie reza ni desea.
Agua que nadie anhela.
Sin bocas que calmar,
sin órganos vitales que avivar.
Agua estancada que encharca.
Y mata.
Agua que ahoga.

Agua que hunde barcos.
Y asfixia pulmones.
Insuficiente.
Tóxica.
Agua que no calma lagrimas
ni ayuda a sanar.
Agua que no cura la enfermedad.
Ni borra historias ni hace crecer las flores.
Agua de color marrón.

Agua a la que nadie canta.
Sobre la que nadie escribe.
Agua sin Dios ni fe.
Que no sabe minimizar daños
y que protagoniza catástrofes.
Agua que arrasa y destroza.
Que aniquila.
Agua que se desliza como una serpiente hambrienta.

Agua que no avisa cuando cae.
Que nunca deja paso al sol.
Agua que apaga la luz.
Agua que no ayuda a cultivar.
Que no ama la vida
ni mantiene sano al corazón.
Agua que no sirve para el perfume
y no se lleva la suciedad.
Agua que no limpia cuerpos.
Ni embellece el paisaje.

Y sin embargo,
agua que serviste en tu vaso
y a la que diste abrigo dentro de ti.
Que te corre por las venas
y a la que haces creer que da vida
aunque no brote de ti la rama.
Agua que acunas y proteges.
Agua a la que susurras
con la calidez de un padre,
que corra y corra
hasta que todo lo impregne.
Agua que sueñas.
Agua que calma tu apetito.

Agua que te mata mientras te sientes vivo.
Y escribes.
Y bailas.
Y besas.
Muerte que disfrazada de vida, te hace de trampa.
Mentira por la que te dejas acunar.
Nana que mece la cuna con un brazo sin carne.

Porque dime,
¿a caso no da la muerte, vida? 
¿A caso la vida no te conduce a la muerte?
Mueres porque estás vivo
y estas vivo con la certeza absoluta de que morirás.

Nadie escribe al agua limpia, querida.
Nadie ha conocido la poesía librándose de la enfermedad.

Agua que me haces llorar
y me despiertas el corazón.
Agua, tú.

Tú,
que te fuiste mientras te sentía
en el epicentro de mi sistema cardiovascular.

Y mientras vivas
seré lo que más recuerdes, 
agua clara. 
Y cuando mueras 
no seré lo primero que olvides, 
agua turbia. 




(Ilustración de María Casas. Facebook: Emecocos Art / Instagram: Emecocos.)
-La chica con magia en las manos-.

martes, 21 de febrero de 2017

Las dos partes de una misma historia.

He perdido la cuenta de las noches que he pasado pariéndote en otras versiones, pero siempre entre las mismas piernas.
Las mías.
Llorando a borbotones todo aquello que no te escribo. No quisiera que supieras que por aquí se coleccionan miedos, que acuno la idea de que vuelvas y alimento desde mi propio pecho, con mi propia lactancia, los recuerdos inmortalizados en mi mente, que se vuelve turbia y destila cinismo.
Toda mi habitación es un escenario macabro lleno de vidrios que me cortan siempre sobre las mismas heridas. Y para curarlas no hay más que algo de Vodka barato que cada día hace menos efecto.
Hay sombras que discuten en nuestra esquina, y otras que se despedazan los cuerpos sin vida sobre nuestra cama. Y yo extrañamente me siento en casa.
Mientras trato de cortar la hemorragia.
Que es el dolor, sino la plena consciencia de querer revivir una y otra vez aquello que nos obligó a volvernos a parir. A rehacernos con torpeza.
Esculpiéndonos con nuestras propias manos hasta darle forma a un amasijo de ramas secas por las que ya no brota la vida. Porque vivir no es otra cosa que sentirse el corazón.
Y dentro de este pecho ya no hay un solo sonido que me ayude a coger el sueño por las noches. Así que no duermo, pero  ingratamente respiro.
Y vendrán otros comienzos con sus sermones mientras yo solo escucho mentiras. Que va a decirme una piel que no tiene cicatrices. Unas manos suaves, un pecho sin espinas.
Bécquer decía que poesía eres tú. Y no hablaba del después de ti. Eres tú. Y si tú te vas, te llevas el poema.
Me siento mecida y tranquilamente triste por brazos sin carne llenos de huesos sobre los que se posan luciérnagas. Y titilan con fuerza, como las luces de las salas de espera. Y me veo a mi misma, sentada en un hospital, esperando a que alguien me diga que estoy viva.
Y ruedan camillas, y pasan señores. Y nadie me ve, ni me escucha. Y yo ya no tengo ganas de gritar.
Aguanto la respiración y siento como se me adormecen los órganos vitales, con la paz que se siente después de haber tenido a todas tus calles en guerra. No se que hacer sin ti, así que no voy a hacer nada, he guardado todos los relojes y he cerrado todas las ventanas; voy a estar aquí, encarcelada eternamente en el día que dejamos de ser.
Y cada veintisiete puedes enviarme flores a una tumba vacía porque el cadáver sigue deambulando por los recovecos de tu galería de arte.
Era la chica más rubia y más llorona. La piel con más heridas. La mente más problemática. La inconformista que se conformó contigo.
En esta orilla en la que me has abandonado ya no llegan las olas ni veo el mar. Estoy tendida al sol con un frío horrible mientras noto como me hundo en las profundidades de pensamientos que ya no siento como propios.
Me he vuelto una extraña y reniego de mi compañía. Me corren por las venas trozos de cristal, áspero, puntiagudo. Y me duelo con la fuerza de mil historias en las que siempre aparece una muerte. Y alguien que se queda vivo.
¿A caso no es morir, vivir en una eterna espera? Muere más quien se queda.
Todas mis articulaciones son de madera. Rígida y tosca. He perdido todo atisbo de humanidad. Y siento dentro de mi el ir y venir de un péndulo, una balanza que no se decide. Unas agujas de reloj que no marcan la hora pero señalan miedos. Un dedo erecto, que me recuerda la falta de sexo y te señala.
Y el peso de la culpabilidad. Que te he perdonado a ti, pero no me perdono yo. Y todas las mañanas intento despertarme en otro cuerpo que no reniegue del movimiento, pero siempre acabo sentada en una sala de espera donde se dan malas noticias.
Me han subido a planta, a una habitación sin orientación Sur. Y tengo frío. Y la comida es espantosa. Voy a escupírsela a la enfermera.
Los trozos de cristal empiezan a desgarrarme la piel, y hoy es veintisiete y he recibido flores.
Y una tarjeta:
''Nadie puede ayudar al que se queda.''
 
 
(Ilustración de María Casas. Instagram: Emecocos / Facebook: Emecocos Art)
-Gracias por dejarme un trocito de tu arte.-
 

lunes, 20 de febrero de 2017

Jaulas y vuelos.

Se han apagado todas las luces sin tocar el interruptor, y estabas aquí. La oscuridad habla tan claro de ti. Y escucho las ambulancias pasar a prisa por nuestra cocina. Los platos hechos añicos sobre la encimera. La bañera llena de cuerpos sin vida de los que escapan alaridos que me recuerdan a sentirse perdida.

Huele a bosque, a profundidad.
A mar enfurecido que arrastra naufragios sentimentales. No hay isla sobre la que descansar.
Las luces de Septiembre apagadas y mi cuerpo encendido, ardiendo uno a uno los huesos de mi columna vertebral.

Me coloco frente al espejo y no me conozco. Pero me siento cómoda, porque no saber quién soy conlleva no saber quién eres tú, y que ventaja nos damos a nosotros mismos pudiendo empezar de nuevo. Si lo pienso hasta vuelo. En un cielo propio que se parece a tu azotea.

Con todo París iluminado a nuestros pies.
Con Venecia sonando en tu viejo radio casete.
Y Roma atrapada en todos los intentos de supervivencia sin manual.

Me miras y nos hacemos los vivos, pero estamos muertos, de miedo o de amor, que para el caso viene a ser lo mismo. Cuanto más te beso más poesía me siento. Como el suicida que encuentra un hogar en cualquier puente que le da otra oportunidad.

Tengo una bomba entre las manos a punto de estallar cada vez que me desnudas, la sostengo con fuerza deseando que no estés aquí cuando todo vuele por los aires, aunque luego amor, te imagino ceniza y me dan ganas de deseos. Y de soplarte hasta que llegues a cualquier lugar donde te sientas a salvo. Hacerte una cuna con las viejas heridas y que el pasado te deje volar.

¿En que jaula te encerrarías si fueses un pájaro? Cuando estiras las alas puedo ver toda la Capilla Sixtina. Y me sobresalto, hay algo en el arte que nunca me deja estar tranquila.

Y de repente te escucho reír en otra boca y veo cómo otro vestido, que no huele a mi primavera, se levanta con ganas de descendencia. Y veo otros ojos que tampoco son tuyos pero allí estás, devorando un libro en cualquier cafetería. Sin café. Sin aperitivo. Alimentándote de la omnipresencia que desparramas.

Estar sin estar ha sido siempre tu mejor truco y yo, la chistera. La chica de dentro de la caja a la que cortan por la mitad. El conejo blanco. La paloma. El truco final. Y el público embravecido aplaude.

¿Dónde narices se celebra un final?
Solo en el arte.

Así que te fuiste y me pareció haber acabado, de nuevo, La Divina Comedia. La tristeza de no poder volver a leer por primera vez a Bukowski ni poder volver a enamorarme de Bécquer. No hay lugar para las segundas primeras veces.

Y cuanta magia en la imposibilidad.
En la certeza de no poder vivirlo de nuevo.

¿A caso hay algo más grande que lo pequeño? La soga que decides quitarte del cuello. Las manos qué marcas como faros en cualquier tormenta. La primera vez que me besaste y escuché todo el Mediterráneo agitado en los bajos de mi ombligo. Un barco pirata navegando dentro de mi tripa, y el tesoro frente a mí, cogiéndome de la cintura, sin notar el chaparrón. 
 
Si me acostumbré a ti, imagino que podré hacerlo a tu ausencia. Asumir tu pérdida. Contarle a las vecinas que la muerte fue rápida pero el dolor pinta negro.
La ropa.
Las paredes.
Los próximos comienzos.

Y saber que me escuchan, pero no me entienden. Y seguir agradeciéndote la exclusividad. Aunque ya no pueda decirte que anoche no conseguí dormir porque hace frío sin tu cuerpo. Que aún noto la arena en la planta de los pies de nuestra primera cita. Ya no puedo contarte que el trabajo no me llena pero me llenas tu más que cualquier trabajo. Y que te escribiría durante todo el día aunque siempre te dijera lo mismo: quédate.

No soy la mejor opción pero tengo una ventana que da a mar abierto y se ve un velero blanco que te hace olvidar un poco las guerras.

Las de dentro y las de fuera de nosotros mismos.

Que puedo ayudarte con todo aquello que no cuentas. Y que siempre me ha gustado leer poesía en voz alta para unos ojos como los tuyos. O para los tuyos, si me dejas ser exacta. Y que creo que aún sin esfuerzo, te caben los jardines de La Alhambra dentro de todas las veces que me has hecho el amor con rabia. Y que cuando te colocas el reloj y bebes cerveza, veo más cielo en tus formas que en los rezos de cualquiera.

Así que puedo acostumbrarme a tu ausencia como se acostumbra alguien a una casa sin ventanas o a unas vacaciones sin mar. Recordándote cada vez que hunda los dedos en mermelada de fresa. O que me pierda en cualquiera de las carreteras del mapa de la guantera. Y ponga tu canción preferida y abra las ventanillas en un intento de sentirme libre.

Pero te escucho, te escucho en otra boca haciéndome siempre la misma pregunta: ¿en qué jaula te encerrarías si fueses un pájaro? Y noto el viento dándome en la mano, mientras la ondeo en forma de ola. Y te miro, y me oigo recitar poesía a mí misma en la bañera de un motel de carretera.

Me aprietas el cuello. Y pegas tu nariz a mis pecas. Todo el coche huele a mermelada de fresa. Y me retumba la cabeza: ¿en que jaula?

Y claro, tus ojos, que aún oscuros guardan el mar, se me antojan arte: en cualquiera de las tuyas.

Noto el golpe de tu recuerdo por enésima vez esta semana.
Y me corrijo:

''en la poesía
siempre puedo
volver a vivirte
por primera vez.''
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lunes, 5 de diciembre de 2016

Autoyuda.

Te vi hace unos días hacer la maleta desde la ventana de mi habitación. Recogerlo todo para marcharte a donde sea que quisieran llevarte tus ganas de huir de mí.

Y ha debido de ser lejos, porque ya solo queda un lado de la cama y es el mío; a veces lo ocupo y otras ni siquiera voy por allí.
Hay lugares en esta casa por los que solo estoy de paso, escribo un poco sobre como sobrellevar una pérdida sin cadáver y elijo la foto atractiva, sin ojeras, que voy a poner en la contraportada de mi novela de autoayuda.
Donde parezca que te he superado.

Los libros no ayudan. Y si ayudan, no son libros. O no son buenos. Los libros desgarran, recuerdan y retroalimentan escenas que deberíamos haber olvidado.
Como la buena música o los grandes cuadros.

El arte no tiene que ser hermoso ni darnos cobijo. Tiene que ponernos contra las cuerdas.
Y alguien que no sabe lo que es amar a un cobarde, te dirá que te vayas. De todo aquello que no te empuja hacia delante. Yo te digo que te quedes.

Quédate hasta que no haya nadie más para que puedas hablar contigo mismo después del huracán; las grandes catástrofes siempre traen las palabras más sinceras. Quédate para quitarte la razón y cuestionártelo todo. Después podrás cambiar de vida, viajar, dejar que otros tengan una verdad universal que te da pereza.
Deja una nota en cada cajón y miente, para que la nueva chica que venga a vivir a casa, pueda imaginarse una bonita historia de amor. Escribe sobre otra persona y deja que crea que eres tú, y que cuando hablas de polvo, nunca te refieres a ceniza.

Miente tan fuerte que puedas vivir un poco dentro de una chica que no existe y a la que las cosas le salieron bien.
Como si fuese posible salir bien parado de algo de verdad.

Si lo fue, te dolió.
Si lo es, te está doliendo.
Como todo lo que late. Y vive. Y respira.
Comprométete con la huida; comprométete a no volver. Hazle caso a esa parte de ti que no encuentra su lugar en el mundo. Desordénate con la maestría de quien ya no anhela la perfección. De quien conoce la poesía.

Habla del suicido, como si lo hubieses vivido. ¿A caso imaginarlo hasta sentirlo no es suficiente?
Hay cosas que solo podemos imaginar para volver de nuestro letargo y contárselas a quienes no tienen la capacidad de recordar lo que nunca sucedió, como decía Zafón.

Recordar lo que nunca sucedió con la claridad de un mar en calma. De dudas, pero en calma. Porque hay dudas que no se mueven aunque respiren.
Me dueles tanto que me está costando escribir sobre una historia de amor. Y de repente he pensado en la guerra. En cuerpos que vuelan por los aires. En quienes no se quedan hasta el final. En llantos. En trincheras.

En un arma sin alma.

Y he decidido escribir sobre eso. ¿A caso no es eso el amor? El de verdad. El que late. Vive. Y respira.

Página diez de mi libro de autoayuda:
Quédate,
aunque nadie te salve.

viernes, 2 de diciembre de 2016

El placer de no pertenecer.

No me siento de aquí, no me siento de aquí porque no creo en esto. Ni en los ideales que pesan más que ninguno de los edificios más altos de Central Park, ni en los parámetros sociales con edades impuestas a la maternidad o al matrimonio. No creo en el dinero, ni en todo lo que creemos necesitar para creer que somos felices.

Sin serlo.

Mi día de la suerte será el día en que tú tengas suerte. Y abras los ojos para entender que abrir las piernas nunca es un pecado. Y no querer ser madre no conlleva el permiso de nadie. ¿Desde cuándo deciden otros si estás preparada para darle amor a quien crece en tus entrañas?
No hay libertad más triste que la que te dice cuando puedes ser libre, mientras tú finges no ver los barrotes. La voz del orden es cada vez más firme, y el ciudadano ha pasado a ser un mero figurante.

¿Te sientes partícipe de quien no te hace parte?
Hay que ponerse en pie y gritar fuerte: soy una oveja, para que te acaricien el lomo. No dudes de la cultura ni de la moral ajena, o te estarás formando bajo tus propias convicciones y eso siempre es un problema. Tú serás el problema para quien obedece órdenes.

Y te darán estadísticas vacías donde las cosas mejoran aunque tu vecina sigue comiendo las sobras del contenedor de la esquina mientras el anuncio de la lotería te cuenta alguna mentira.

Pero no lo notarás, porque la estupidez humana se acostumbra a todo, hasta a lo que no es cierto, y vive plácidamente entre certezas absurdas. Es mejor eso que preguntarse si estamos en lo cierto.

Vivir pisando al resto; con la soga al cuello a final de mes. Con nuestro día a día dentro de un catálogo donde puedan seleccionarnos como a piezas de ajedrez.
Pero si crees en Dios se pasa, ¿a qué si? En su eterna misericordia y en una religión que te empuje a matar en nombre de otro. Una guerra santa en la que no hay más enemigo que tú mismo.

No existe el verbo poder, ni el pensar, ni el dudar. No existen mentes inquietas que se cuestionen la escasa movilidad. Desde esta libertad impuesta yo solo vislumbro alambradas y cuerpos inertes que sin embargo, caminan.

Y cotizan.
Pasar por la vida para estar dentro de las expectativas de otro, de los números de otro, de los planes de otro. Ser una sucesión de escalones para que otro llegue a la cima, y desde allí, que nadie le ve porque todos miramos hacia arriba con los ojos vendados, poder robar tranquilo.
Marcados por la estética social, por las tendencias que te dicen quien debes de ser, en que momento y hasta cuando. Una marioneta que se disfraza para no quedar fuera de la corriente.

Porque claro, que miedo ser un pez que nada en otra dirección. Que miedo la soledad, por si nos topamos con nosotros mismos.
Con lo fácil que es ajustarse a la descripción de los demás.

Y después, cuando en una red social que te ayuda a follar más, te pidan que hables de ti, tendrás los santos cojones de decir que te consideras diferente.
Lo más triste de todo es que seguramente esa noche follarás.
Abrirá las piernas para ti la misma chica que luego dirá a sus amigas que ni siquiera os habéis besado, por si San Pedro anda por allí con su libreta para acceder al cielo.

Quienes sufren la disforia de género, quienes viven su bisexualidad o quienes eligen amor libre, no son depravados ni locos; la infidelidad no significa lo mismo para todo el mundo y hay quien no quiere un amor eterno.
Somos la generación de vacíos cotidianos,
de preguntas moldeadas
para no molestar al dirigente,
de nadas rutinarias
y ausencias domesticadas.

Solo queréis sentiros a salvo.
Pero afortunadamente aun quedan personas que disfrutan del placer de no pertenecer. No pertenecer. No pertenecer. No pertenecer.

Porque cuando no les perteneces, te perteneces. 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Tenía que ser amor.

Me hubiese gustado que la vieras. Desnuda, frente al espejo del baño, pasando la yema de sus dedos por todas las cicatrices que no borra el paso del tiempo. Ni el ir y venir de besos sucios y obscenos.

Ella no leía mis poemas. No compraba mis libros. Pero pensaba tanto en mi que la sentía de lejos, latente, como el pecado que nunca se termina de saldar.
Ojalá la hubieses visto cuando me quería. Como se contoneaba por los pasillos hechos trizas de mi piso en las afueras. Como renegaba de mi vida pero se quedaba. Y cuando se desvestía, algo que nunca he alcanzado a entender, cambiaba. Como si de repente la ventana de mi habitación tuviese vistas a la Torre Eiffel, y no a un patio interior oscuro con vecinos que no soportan el ruido de la cotidianidad.

Manuela nunca llegaba tarde,
tenía a los relojes de su parte,
y el mundo entero parecía esperarla.

Dejé de saber quererme justo el mismo día que ella lo hizo. Todo mi amor propio se fue por el sumidero la última vez que hicimos el amor en la bañera. Hace días que no me ducho, y destilo olor a autocompasión. Una mezcla insoportable entre querer perderme y asumir que no se a donde ir.
Quizás este sea mi lugar, morir acariciado por versos de Bukowski, recordando las pecas de Manuela, que bailan en la yema de otros dedos, de unas manos que sin conocerlas, las detesto.

Un día el frío se le metió dentro. Ya no quería drogarse, ni follarme, ni calmarme. Ya no molestábamos a los vecinos, porque la soledad es silenciosa, aunque aun no se hubiese ido de casa.
Y empecé a saber que aquello era amor, aunque ella ya no lo sentía. Era amor porque no se me ocurría otra cosa. Hacía días que no se me ocurría nada más.

Nada más que ella. Y claro, era amor.
Por mucho que toda la habitación pareciese un iceberg enorme, en mitad del océano con una ventana que da a mar abierto. Hace tanto frío.

Porque Manuela siempre sabía el punto exacto de la calefacción, pero la última semana se le cogió al pecho Siberia, y ya nunca hablábamos de vacaciones en el sur.
Hoy me he topado conmigo mismo deambulando por la cocina. Hundiendo los dedos en mermelada de naranja amarga. Y me he dado pena. Las farolas son lo único que ilumina la estancia, de un color amarillo que me recuerda a los dientes del que fuma compulsivamente. No hay una sola estrella en el cielo gris de esta ciudad de la que no recuerdo el nombre, que quiera acompañarme a fingir que no me importa no tenerla.

He cerrado fuerte los ojos y me he visto rodeado de minas. Y he sentido que cruzaba la frontera de un lugar del que no me sentía parte, y al llegar al otro lado, tampoco me sentía en casa. Apátrida de mi propio yo.
Después se encendían un centenar de luciérnagas. Parpadeaban hasta que despertaba. Y solo había una bombilla encendida en toda la casa que titilaba haciendo un ruido espantoso; y recordé el cartel rojo del bar de carretera que he estado visitando desde que me dejaste, en un intento de sobrellevarme.

Ya sabes que casi todo el tiempo soy insoportable.

Hoy hace semanas que Manuela se fue, y mi editor dice que he escrito lo mejor de toda mi trayectoria. He estado a punto de volarle la cabeza. He sacado el arma y se la he pegado a la sien. Todo a mi alrededor se ha quedado congelado.

Estoy fuera de mi mientras te llevo muy dentro. Tan fuera de mi que me recuerdo a alguien que no existe. Te he querido sintiendo que no era yo, y te he querido mejor.
¿Por qué no vuelves Manuela?
Quizás,
tal vez,
sepa hacerlo mejor.

Ya no hay rastro de las luciérnagas. Ahora todo son termitas y me siento el corazón de madera. Ojalá me quede poco de vida, y cuando te llamen para decirte que he muerto, leas todo lo que te he escrito, y hables bien de mi.

Porque vamos Manuela, ¿quién en su sano juicio hablaría mal del difunto?

Te llevo una muerte de ventaja, pero aunque esta partida vaya a ganarla, es que joder, tú siempre estás tan guapa.  Pónmelo fácil, y cuando vengas a mi funeral, quítate esos ojos de encima y déjate el culo en casa.
Voy a contarte un secreto Manuela, me he cosido al paladar mi último poema, para volver a tenerte dentro de mi boca:

‘’Tenía que ser amor,
porque cuando ella dejó de quererme,
 dejé de hacerlo yo.’’