miércoles, 9 de julio de 2014

Siete, el número de la mala suerte.

Recuerdo cuando tus brazos abiertos y estirados
se parecían a las vías de un tren 
que siempre nos abandonaba 
en el andén número siete.

Y cuando los siete días que tiene una semana 
se hacían domingos.

¿Qué quieres que le haga 
si siete besos nunca son suficientes?

Quiero que sepas que boca abajo
el número siete se parece 
a la eternidad de un calendario que no existe, 
colgado en una pared sin clavos, 
sujeto por tus pupilas 
que se hincan en mi ropa interior 
para evitar que me desnude en otras promesas.

He tomado siete veces aire, 
justo los mismos días que llevaba sin él 
porque todo olía a tu perfume.

No sabía donde meter la nariz 
para poder volver a respirar 
y no sentir que se me ahogan los ojos 
en lágrimas que ya no saben a sal.

Siete azucarillos en un solo café,
a ver si consigo endulzar las papilas gustativas 
que no devoran ya tu piel 
por miedo a encontrarse con otros besos 
que no encajan en mis labios.

Y tener que preguntarte
cosas que no quiero escuchar;
y que tengas que responderme cosas
que no sabes como explicar. 

Necesito que me hables 
en los siete idiomas que conoce tu lengua;
aunque no salgas del país 
que te supone mi cuerpo, 
aunque no cruces las fronteras 
que te aporta mi cama; 
aun a pesar de que sean mis bragas tu única bandera.

Tengo las siete lágrimas que se me escurrieron 
justo antes del diluvio
encerradas en una caja de zapatos; 
no las dejo salir por miedo 
a que me den alergia los recuerdos, 
y toda arca de Noé 
parezca pequeña para meter las cientos de cosas 
que iban a empaparse.

Que son siete los duelos 
a los que he acudido 
desde que te cruzaste con mi vida 
vestida de lunares
y te arrancaste por bulerías 
al segundo en que mi falda subía 
y te llegaba hasta la nota más aguda 
de toda tu melodía.

Siete duelos, 
en el primero murieron las promesas
en el segundo la confianza
en el tercero la estabilidad
en el cuarto la razón, que se enemistó 
con todo lo que tenía que ver con nosotros
en el quinto murió el futuro
en el sexto todas las margaritas 
con las que habíamos jugado 
al ‘’me quiere, no me quiere’’
y en el séptimo el amor hacía las maletas 
y se mudaba a otro corazón.

Le vimos salir por la puerta 
con la seguridad en los bolsillos
y el equilibrio entre las manos; 
nos decía adiós cansado de todos nuestros vaivenes
que cada vez sabían más a tequila 
y menos a saliva.

Siete estrellas fugaces 
me han negado sus deseos
y se han apagado delante de mis ojos 
con la misma rapidez que se esfuma el verano.

Cuantas veces he sido vela 
y me he derretido en los siete puntos clave de tu cuerpo, 
acomodándome a tus recovecos 
y apoderándome de cada una de las esquinas 
que antes de que mis orgasmos pasearan por allí, 
presumían de desahogo espacial.

Que todo lo que tengo en la garganta 
cuando me prohibido pronunciar tu nombre, 
son siete nudos marineros 
que se me cogen a los dientes 
y me molestan en cada una de las vocales 
que llevan tus apellidos.

Que hemos cometido tantos fallos, 
pero yo me quedo con los siete 
que nos han destruido, 
porque ya que voy a escribir sobre ellos
que menos que destacar los trascendentes; 
uno por cada vez que despertabas 
y habías cambiado de idea, 
y todo lo que anoche 
a las siete de la madrugada 
con más copas que ropa 
te unía a mis latidos, 
ha perdido hoy todo el sentido.

Y oye, que lo entiendo, 
que a veces solo necesitas 
siete razones para quedarte 
y las mismas para marcharte.

Que igual necesitabas siete manos 
para sujetarte los tobillos 
y que no pudieses caminar 
detrás de otro destino 
que no hablase de nosotros, 
pero yo solo tengo dos
y todo lo que pude hacer 
fue arañarte la piel como un gato.

Como un gato para recordarte 
que en las siete vidas que tienen, 
yo te estaré esperando al final del camino 
que parece no llegar a ninguna parte, 
con una cajetilla de cigarrillos 
a la que solo le quedan siete.

Uno por cada día de la semana que vas a quedarte 
antes de cambiar de opinión.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias Fran, que bien sienta recibir palabras como estas; son un soplo de aire fresco.
      Me encantaría que siguieras pasando por aquí y opinando, recibiré con gusto a tus pupilas y a tus palabras.
      Un saludo enorme.

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